sábado, 6 de diciembre de 2014

Aliados en el silencio

Es muy probable que el escritor sea el tipo de ser humano más solitario del planeta Tierra y que, a la vez, sea el único ser humano en la Tierra que nunca está solo. El escritor está aislado de todo pero, en simultáneo, está conectado con las profundidades del mundo a través de su óptica excepcional, consciente, a nivel casi molecular, de las cuestiones más felices y más dolorosas de la vida que recorre.

Tal vez sea eso lo que mantiene cuerdos a los escritores más apasionados, sobre todo a los escritores de ficción. La tarea de crear vidas en el plano de una sola mente, en silencio, puede ser muy alienante y alterar el equilibrio con el mundo real. Porque, justamente, en el silencio se pierden las referencias, como en la oscuridad, y el escritor puede extraviarse por completo. Pero si en ese silencio nacen voces con nombres y carácter, el escritor tiene con quién hablar y protegerse de la locura.

En mi caso, esto funciona. Actualmente, en mis intervalos de incertidumbre y ansiedad, incluso en los días de tormento y extenuación, cierro los ojos que me vinculan al mundo, a mi casa y a mis amigos y converso con dos personas. Uno de ellos se llama Dylan Wittenberg y el otro, Dante Halster. Son las dos estrellas de mi tercer libro, “Los Benditos”, y conforman dos caras constitutivas de mi persona. El primero es dulce, piadoso, me escucha y me acaricia con sus consuelos; es quien repite que todo irá bien mientras yo defienda la calidez de mi espíritu. El segundo es frío, complicado, habla fuerte, me sujeta por los hombros y me sacude, instándome a que me ría de los problemas y a que arrase con quien me dé razones para sentir pena de mí misma. Ambos me piden que siga escribiendo, para continuar dándoles vida, y montan guardia cuando duermo. De hecho, si los busco, puedo encontrarlos a mi lado ahora. Dylan siempre está a mi derecha; Dante, a mi izquierda.

Antes de ellos hubo otros dos seres que me acompañaron desde el año 2009 hasta el 2012. Eran una pareja enamorada; un joven varón y una chica. Los dos eran dulces y fuertes y me rescataron de noches muy amargas. Ella cantaba y él sonreía. Los dos vivieron conmigo a la par de cada cosa que hice en esos tres años. Y antes que ellos incluso hubo tres personas que atravesaron mi adolescencia conmigo: una chica castigada por el destino y dos hombres que la ayudaron a restaurar su fe en la felicidad. Ella murió al término del libro en el cual cobró un nombre y una historia, pero los dos hombres, aún conmigo, dijeron una plegaria en su honor.


Todos ellos son tan reales como lo es el texto que estoy redactando. Puedo oír los tonos de sus voces, todas distintas, y he llorado con ellos. Cuando dudé sobre mi integridad para continuar escribiendo, me han pedido que, por favor, no los deje morir y me forzaron a no rendirme nunca. Son mi más firme baluarte en las épocas malditas en que me ofusca el miedo. Sumida en las sombras, ellos siempre están mirándome, extienden sus manos y me levantan, salvándome aun de mí misma. Las personas que creé son las voces que nadie más oye y que, en el aparente silencio, nunca me dejan sola. Y, por eso, ellos saben que estaré agradecida eternamente.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Protección

Sin contar cuántos fueron, eternicé muchos días perdidos en discutir con mi propia consciencia acerca de si lo que escondo tras mi rigurosidad y mi estructura de pensamiento es debilidad o fragilidad, y, a su vez, he consultado con mi sombra y con mis amigos cuál es la verdadera diferencia entre un concepto y el otro. Me preocupaba seriamente caer en ambos sitios y, en adición, atravesé algunos años arduos en los cuales busqué sin éxito la fortaleza con que había nacido y que había perdido casi sin percatarme.

Pero siguiendo la lógica de mi último descubrimiento, acerca de que la contienda con mis demonios es dinámica y, por la naturaleza humana, perpetua, creo haber arribado a la conclusión de que las grietas en mi espíritu también se transforman, cerrándose estrechamente por temporadas y abriéndose ante eventos violentos.  Como en un espectro de mi persona, parecería que la debilidad se duerme al cobijo de la seguridad y se despierta cuando la posibilidad de perder la felicidad amenaza el orden. Y al incorporarse y hacer su aparición, procura llamar la atención, nunca pasar desapercibida. Mi fragilidad o mi debilidad, o bien la delicada fusión de las dos, es una mujer caprichosa que adora el contacto y la pérdida de tiempo.  Como se habrá entendido, tengo una larga relación con ella; hemos discutido a muerte, de día y en el intervalo de los sueños, y he caído ante sus manipulaciones así como hubo ocasiones en que fui capaz de domarla. Y calculo que me sirve comprender que ella se vigoriza en mi poder amatorio, pues cuanto más amor he de sentir por alguien, mayor será mi debilidad por esa alma en particular. Esta mujer que se acrisola en los dos polos de mi inconsistencia, se alimenta de mi euforia al enamorarme de un ser humano. Por tal noción es que más de una vez me propuse modificar lo necesario para no querer tanto a una persona y aplastar la ternura contenida en las raíces de mi devoción.
Sin embargo, dicha idea siempre fue errada. Cambiar la esencia es inútil. Quien nace con fragilidad por amar, muere frágil, habiendo sido amado o no, una perspectiva de mi existencia que al día de hoy me provoca un miedo difícil de contener. Por ello es que he investigado en las profundidades de mi nombre tratando de encontrar una solución o un mecanismo para aliviar esta inestabilidad. Y la respuesta, al fin, es siempre una sola en esta travesía que emprendo. De hecho, ya la había encontrado, años atrás, en una noche de soledad:

“Nunca sabes cuán fuerte eres hasta que ser fuerte es tu única opción” es un mensaje que carece de originalidad; en otras variantes, muchos lo han oído en boca de gente optimista. Pero posee la verdad irresoluble de que cuando las voces en rededor hayan callado, cuando las manos se hallen vacías y el pecho, sin energía para entonar los pensamientos dolidos, cuando se haya usurpado todo atisbo de alegría, entonces surgirá la necesidad de luchar. Y mi forma de luchar fue escribir. Aquejada por la pena de humillaciones, mi incomprensión de la vida y por mi terror a nunca librarme de la vergüenza, encontré en mis libros no sólo mi vocación, sino una posibilidad de ocultarme. Cerrando los ojos y conjurando palabras con mis manos, cada vez que escribí, cada hora, pude abandonar mi cuerpo y mi voz y disfrazarme. Escribiendo pude descansar. Y la noche en que ya no pude resistir mis propias tristezas, me esperancé en mis libros.

“Ahora no estoy bien, pero lo estaré si sigo escribiendo, porque algún día alguien leerá mi trabajo y me dirá que soy escritora, y alguien me respetará por lo que soy capaz de hacer. Ahora no estoy bien, pero lo estaré si no me detengo, si escribo. Si escribo...”

Avancé contra las corrientes de mi furia y mi padecimiento dejándome embelesar por la magia de la literatura. Porque escribir es más que una pasión para mí. Es más que una necesidad para conservar mi vitalidad; escribir es mi refugio.


Soy frágil, débil, o ambas cosas, y por temporadas soy fuerte e inflexible en mi amor propio, y mi alma oscila errática o lógicamente entre esos planos, pero en el pequeño e infinito espacio de las letras, en el reducido rincón de mi existencia en que puedo sentarme a escribir, no hay malestar ni vacilación; sólo libertad.




sábado, 18 de octubre de 2014

Vals

La diferencia entre bailar vals con el enemigo y batirse en una lucha desenfrenada con él, radica en la delicadeza que respeta para probar su poder y lograr la dominación. Y es una delicadeza que se revela como cinismo cuando él cobra noción de que está a punto de alcanzar su conquista deseada y se toma su tiempo para ejecutar su embate de la manera más precisa, saboreando los momentos previos a su victoria. Él avanza y retrocede al compás del ruido y los silencios, evaluando a su presa y seduciéndola para que cierre los ojos, con una elegancia a prueba de todo y con la certeza de que, hasta que no ingrese un tercer participante a ese vals, el control es suyo.

En mi caso, mi enemigo puede representarse en un conjunto de demonios diferentes. Nunca los conté; lo haré ahora.

Hubo uno que era feroz, una imagen clonada de mí y que no bailaba conmigo, sino que me arrastraba por la pista, de una punta a la otra, variando sus formas de violentarme al principio y torturarme después. Por momentos me soltaba y me observaba tratando de levantarme, pero antes de poder erguirme por completo, regresaba a golpearme y me hacía caer a un suelo progresivamente más frío y áspero. De hecho, cuando se cansó de ese suelo, abrió un pozo de tierra y me empujó dentro. Y con cada nueva caída mía, éste se profundizaba. El demonio fue creciendo con el tiempo y vivió durante casi cuatro años alimentándose de mi honor, de mi integridad física y de mi voluntad para resucitar el espíritu con el que había nacido y que estaba en coma. Creo con franqueza que él fue el peor de todos, sobre todo por las oportunidades de felicidad que me quitó y por el tiempo que estuvo adosado a mí sin el más mínimo deseo de irse... La forma en que logré derrotarlo fue mirándolo a los ojos y alejándome de él para siempre. Y esto fue la consecuencia de una extendida combinación de personajes externos y de mi hartazgo más iracundo. Hubo un gran coro de voces a mi alrededor que, cada vez que caía o que trataba de volver a pararme, me alentaban a salir corriendo o a armarme para darle muerte al demonio, que, a su vez, se reía de ellas. De ese coro se fueron apagando muchas voces, hasta que no quedó ninguna, porque yo las había ahuyentado y quería que me dejaran a solas con mi torturador. Estoy segura de que en mi corazón lo sabía: para vencer a un demonio que me conocía tanto y que lucía igual a mí, tenía que estar sola. Por eso, así fue, y un día escapé del pozo en el que habituaba caer, lo miré, a esos ojos infernales e inclementes, y salí del escenario. Cerré todas las puertas, dejé al demonio adentro y lo incendié. El fuego ardió por cinco días y medio y luego la brisa barrió con las cenizas.

Con ello resucitó otro demonio. El demonio del arrepentimiento y de la indignación por haber cometido tantos errores. Resucitó, porque creía que estaba muerto, enterrado en algún lugar de mi casa. Es un demonio que es igual a mí, pero que es más joven y está cubierto de las cicatrices que fui escondiendo antes. Tiene la piel azul, como la de un cadáver devorado por el agua, y sus ojos lucen a medio cerrar. Debo reconocer que él sí es más sosegado para perturbarme, porque tan sólo se queda mirándome, esperando que diga algo; que pida perdón. Y dado que ya no soy capaz de pedir perdón, pues el tiempo me ha dejado atrás, lo único que puedo hacer es bailar. Y bailamos. Mientras lo hacemos, trato de explicarle mis razones para haber sido tan débil con el demonio anterior, y cuando comprendo que no me escucha, le pido que me castigue. Entonces, lo hace; es obediente, ahora que lo pienso. Después, yo sola me levanto, lo provoco a que discutamos, pero no acepta y seguimos bailando... Creo que debería ponerle un nombre; tiene algo de ternura que calculo que lo hará quedarse conmigo por un tiempo considerable.

Existe un demonio que es muy similar a este azul, pero es más viejo, porque nació hace cinco años. Su aspecto está sujeto a transformaciones que lo presentan como igual a mí en diferentes etapas de mi vida. Por momentos tiene doce años recién cumplidos, diecinueve, treinta, cuarenta. También ha ocurrido que lo vi desdoblado en una multitud de familias y de gente mentirosa, e incluso puede dar la impresión de desaparecer y abandonarme en un gran salón gobernado por el eco de la soledad. La pista de baile se modifica a la par de él, y hemos conjurado nuestro vals entre llamaradas rubicundas, entre hipócritas y entre escombros de casas. Sin embargo, pese a que es un demonio que podría parecer muy vital, no es para nada cruel. Aun cuando no lo veo, porque se ha tornado invisible, nunca nos soltamos las manos y logramos un baile armónico, en el que, si me caigo yo, se cae él conmigo. Si sucede, nos contemplamos el uno al otro, creo que en un intento de conocernos y aceptar que, seguramente, estaremos bailando juntos hasta la muerte. Terminamos y nos ponemos de pie para continuar. No hablamos casi nunca; nos miramos con ojos de rigor.

El cuarto demonio se unió a mi vida hace muy pocos meses. No tiene forma, pero sé que es un hombre. Sabe bailar muy bien, es muy refinado y, a la vez, potente en la forma de hablar. Canturrea mientras baila conmigo, manejando mi cuerpo con una destreza que supera mi velocidad para pensar e improvisando nuevos pasos de vals encantadores. Siempre estamos solos en este cortejo que, en realidad, sería lo más próximo a una pelea. Mi determinación oscila entre el placer por bailar con él y el pavor a caer, de modo que intento escapar de sus manos y salir de la pista, pero él siempre me sujeta de algún lado y me insta a seguir, hipnotizándome. Durante los intervalos en que entiende que he dejado de luchar, aprovecha para besarme, y lo hace con una voracidad tal, que no me deja respirar ni pensar. Tan sólo es la idea de caer de bruces al piso y romperme los dientes lo que renueva mis fuerzas para intentar liberarme. Pero, allí otra vez, él sonríe y me convence de que no quiero dejar ese vals... El asunto es que no sé si sonríe con perfidia o con dulzura. Tal vez lo he malinterpretado; tal vez no es un demonio.

El quinto demonio es el que presenta el mayor desafío para mi pobre entereza, y creo que aquí puedo dejar de contar. Es el demonio más grande y más anciano, porque nació junto a mí, hace veinticuatro años, en un pueblo rural rodeado de sierras y, aquella vez, castigado por un amanecer helado. Aprendí a pensar, a hablar y a caminar, y no tenía idea de que estaba conmigo, porque él no comía ni dormía ni se movía; permanecía a mis espaldas, esperando a que yo volteara a verlo. Me observó crecer, conocer gente, desplegar mi personalidad y apropiarme de mi nombre. Me vio engendrar a mi primer demonio y me vio bailar con él. Me vio bailar con todos. Y es a eso a lo que se dedica: me observa. Me observa desde que cumplí doce años. En nuestra gran pista de baile, que es tan grande como el mundo, él se sienta y me pide que baile bajo un rayo de luz tenue. Su cuerpo es enorme, oscuro como un agujero negro, y su rostro está oculto detrás de un manto que siempre he querido quitarle pero que está fuera de mi alcance, porque cuando él se pone de pie, puede llegar a ser tan alto como un rascacielos. De hecho, eso es lo peor que puede hacer, porque cuando se incorpora bloquea la luz bajo la que bailo. Enfurecido, me ordena que siga bailando y a mí no me queda otra opción que obedecer, girando sobre mi eje y cerrando los ojos. De esa forma, si mis brazos y mis piernas logran encantarlo, si mis manos lo entretienen y si el brillo de mi cabello le gusta, vuelve a sentarse a observarme. La luz regresa y se vierte sobre mí, con el calor sobre mi piel mientras mis ojos permanecen cerrados. Y en ese embeleso puedo oírlo susurrándome. Me dice que no me detenga. Detrás de su atronador murmullo se levantan las palabras de ánimo de las personas que me aman y que también dicen que continúe, porque saben que voy a lograr lo que el demonio quiere. Soy sincera si confieso que eso me atormenta; ¿cómo es que ellos saben que puedo lograrlo? ¿Qué pueden ver que yo no? Quizás nací con ceguera y nunca lo noté. Mi vals individual mas aclamado prosigue, pero mientras duermo, un ejército de bestias se instala con tambores en mi mente y me hace perder el ritmo. Sé que no debo abrir los ojos y que debo conservar la firmeza para acatar el pedido del demonio colosal. No obstante, mi tolerancia alcanza a unos tres ejércitos y luego me detengo. Le suplico al demonio que me deje descansar un poco, o bien, que considere que tal vez no tengo aptitudes para bailar, y se pone de pie otra vez, protestando. El ciclo vuelve a empezar. El miedo es la constante, el motor que me impulsa a moverme y a detenerme, aunque sea una premisa curiosa: ¿cómo puede una misma fuente de energía lograr una consecuencia y su directo contrario? El universo de los demonios es errático.

Yo soy errática.

Quizás Dios también sea errático, si existe.

He dedicado incontables horas, convirtiéndolas en días, en un vano intento por comprender la dinámica del mundo a mi alrededor, la dinámica del dolor y de la inseguridad. Y he escuchado y observado gente persiguiendo el mismo objetivo sin lograrlo. Por momentos, lo que más anhelo es encontrar a quien sepa la clave para encauzar las penas y las alegrías en una forma de pensar libre de errores, pero es probable que muera sin haberlo hecho. ¿Es posible que sea tan difícil? ¿Acaso no hay más que vals? ¿Nunca se deja de bailar?



Bailar vals con el enemigo... El enemigo nunca se va, porque, como escribiré en mi libro en algunos capítulos, el enemigo está adentro. Adentro de mí y de todos. Y de esta trágica manera, los demonios nunca mueren; se regeneran. Es seguro que la meta esté en ir derrotándolos conforme a las mutaciones que sufren. Yo únicamente espero que mi fuerza de voluntad sea tan eterna como ellos.

viernes, 16 de mayo de 2014

Mi Carrera

Escribir es mi manera de trasladarme a otro mundo. Por eso al principio sólo entendí que sentía pasión por imaginar y volar, pero no por escribir o por la literatura en sí. De hecho, la primera vez que leí un libro entero y por voluntad propia fue a los dieciocho años; hasta entonces, leer me molestaba. Es extraño, dado que empecé a escribir textos a los doce y di comienzo a mi primera novela a los catorce. Más de uno me preguntó cómo era posible que llevara adelante la actividad de escribir, y dedicándole tanto tiempo, cuando no quería leer. Creo recordar que mi respuesta siempre oscilaba en torno al desconocimiento y a mi neto gusto por mis aventuras mentales, que, al margen de ser concretadas en papel o en una computadora, eran lo que hacían que cada día de mi vida valiera algo. Sin embargo, tengo memoria de la cantidad de veces que releí mis propias líneas buscando perfeccionar las palabras y de que eso nunca me resultó un incordio. Todo lo contrario; cada párrafo completo era una especie de logro más allá de la vida rutinaria.

Afectada por el deseo de materializar mi imaginación y mis divagaciones fantásticas, dediqué mi primera novela a la historia de los videojuegos de la saga Resident Evil, autoría del japonés (que considero iluminado) Shinji Mikami, y que constituía mi fanatismo a los doce años. Invertí días en investigar y aprender cada pormenor de la historia original de la saga, y una vez concluido el proceso, me volqué a introducir mi propio relato. Creé un personaje nuevo, vinculado a otros que ya existían por obra del autor japonés, y le di una vida dramática y dolorosa. La única persona que leyó el libro hasta el final, terminó llorando. Sorprendida pero dichosa, decidí mantener con vida a ese personaje y darle la posibilidad de ver la luz más tarde, en unos años, en el marco de una novela cuyo argumento fuera también creado por mí. Pero esto entusiasmo no me libró de la triste pérdida que experimenté al ver que mi lectora cerraba el libro. Fue algo a lo que no pude anticiparme. Me di cuenta de que ese libro, ese proyecto y esa aventura que me habían costado casi cinco años terminar, era una entidad con dinamismo propio, pues había pasado del abstracto de mi mente al papel y luego a mis manos y a las manos de mi lectora, y ella se había apropiado de cada página al recorrerlas día tras día. Mi personaje, ese ser que la hizo llorar, había vivido a través de ella y había muerto al llegar al fin, y ya no estaba en mis manos; había quedado en la mente de ella. Fue una despedida luego de años de esfuerzo y maduración. Al momento de entender este sentimiento, supe que escribir era para mí algo superior al simple placer por fantasear con palabras. Era la chispa que iluminaba mi mundo y me conmovía hasta las lágrimas. Era lo que me hacía palpitar de orgullo y lo que me hacía ansiar el estar despierta todo el día, desde el amanecer y hasta superar la medianoche. Supe que escribir era una pasión.

Conducida por la efervescencia de dicha pasión, no supe esperar ni un solo día para empezar a redactar mi siguiente libro, el 4 de mayo de 2008 al mediodía. Y eso era ya un proyecto diferente; era la novela que quería publicar. El argumento de la historia había ido mutando a partir de un pequeño hobby de verano en el que yo contaba (si no recuerdo mal) once años: el desarrollo de un cuento a base de dibujos y diálogos, una suerte de intento de manga japonés, dado que yo también dedicaba tiempo a dibujar. De aquello a la idea final de la novela cambió casi todo menos el género, el cual se situaba en la ficción y la fantasía, y reinventé el mundo que había imaginado. A fin de acompañar ese mundo, pensé en un orden global que fuera lo suficientemente innovador para una buena historia, creando un calendario y, a partir de ello, sociedades diferentes. El resto de los elementos que fui inventando en el medio, surgió casi naturalmente. Y en realidad, esto que para mí fue como una explosión de imaginación, era mi necesidad por escribir no sobre una historia de autoría ajena, como en mi primer libro, sino sobre lo que yo quisiera, libremente.

Sin embargo, ésta no fue mi segunda novela completa (y gracias a Dios, porque me faltaba pulirme). Fue un poco por arrebato, mientras terminaba de cursar el último año de la escuela secundaria y me adentraba en el calor del verano, y por mi gusto por el animé. No era, desde ya, el primero que veía, pero ése me inspiró en particular, por uno de sus personajes. Se llama Vampire Knight; es animé romántico y de drama, basado en el manga homónimo de Matsuri Hino, y está cargado en Internet. De hecho, es por esto último que yo pude conocerlo, viviendo donde vivo. La razón por la que decidí escribir sobre él fue el final: me decepcionó muchísimo y me resultó injusto para el personaje que me gustaba. Lo que hice, entonces, fue darle continuidad a aquel final y un mejor destino a ese dicho personaje, regalándole la oportunidad de ser amado por alguien que fuera tan valioso como él. Respetando los criterios del romance japonés (véase Shoujo), hoy puedo afirmar que redacté una literal adaptación del animé/manga a libro. Esto en aquel momento debió haber sido inconsciente, porque, a decir verdad, no lo planeé, así como no planeé que terminara teniendo doscientas diez páginas A4 de tamaño, pero sobre esto último actualmente tengo asumido que no puedo evitar escribir mucho; ya en el colegio una profesora me llamaba la atención por eso y, de hecho, mi primer libro tuvo cuatrocientas sesenta y cinco páginas A4. Aun así, en ese entonces no consideré a mi relato de Vampire Knight un proyecto superior a un (otra vez) pasatiempo de verano y lo subí a la página web www.fanfiction.net

Al final, yo seguía escribiendo en base a las historias de los demás; primero, de Shinji Mikami y luego, de Matsuri Hino. Supongo que, sin saberlo, intuía que necesitaba seguir practicando.

Pero esta vez sucedió algo distinto. Al cargar la historia a Internet, hubo gente que leyó, mucha, y empezaron a llegarme mensajes. Eran elogios a mi forma de escribir y, sobre todo, al realismo de mi narración. Las críticas eran no sólo de argentinos, sino que además venían del exterior, de Venezuela, de Chile, de Mexico, Puerto Rico, Guatemala, con expresiones de alegría, confesiones de haber reído y llorado, ¡hasta de haber caído en “adicción” con la trama! Una locura para mí. Increíble. Incluso había una lectora, una chica que ahora tiene dieciocho años y que vive a unas seis horas de distancia de mi casa, que se comunicó conmigo para contarme lo fanática que era del personaje que yo había creado, de lo feliz que se sentía leyendo y de la tristeza que tenía porque la historia ya hubiera terminado, y de una manera tan trágica, por cierto. Eso, sumado a los demás mensajes, me dio la pauta de que tenía que extender el relato; de hecho, no estaba cerrado del todo como para que hacerlo fuese forzado. Continué, con muchos capítulos dramáticos y, finalmente con una aventura de amor, peligro y compañerismos. Los mensajes de los lectores se multiplicaron y siguieron llegando, hasta con dibujos. Los siguientes fueron hechos por tres chicas de Mexico, Lilith Kiryû Michaelis Hitachiin D. Cifer, Rebeca Kuran Jeaguerjaques D' Griffel Montouis y Carolina Kurosaki Kain Von Radquiel Granz:

 


 


Fui muy feliz escribiendo. Y, en proporción, otra vez debí tragar el dolor de terminarlo, el jueves 16 de febrero de 2012 exactamente a las 11:30. Claro que en este caso, mi entonces libro de 540 páginas estaba viviendo de manera indefinida en el ciberespacio, con la posibilidad de seguir siendo leído por más y nuevos lectores hispano-hablantes. Eso, ciertamente, no le quitó tristeza a mi despedida.

Ése fue mi segundo proyecto completo. Yo ya contaba la edad de veintiún años, era estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y llevaba a cuestas unas temporadas agitadas, con mucho estrés, y no sólo por la exigencia académica. A la vez, aquel proyecto de libro de fantasía, extraño y ambiciosamente innovador, estaba durmiendo en mi computadora sin crecer más allá del capítulo 2. A pesar de tener en mente dos ideas de libro más, supe que debía retomar ése. Mi estilo narrativo estaba definido por completo y yo estaba lista para recorrer el camino que conducía a la publicación en papel. Lenta pero segura, luché por mantener alejados los problemas y encerrados a mis demonios para seguir..., escribir. No obstante, tengo que ser sincera para reconocer que durante un año estuve más tiempo lidiando con mis demonios que escribiendo. Quiero creer que no fue un tiempo demasiado perdido.

Al año siguiente lo emprendí de otro modo. 2013. El hecho crucial fue la decisión de suspender los estudios en la Universidad. Fue por cuestiones de fuerza mayor, porque ni mi madre ni yo teníamos dinero y lo necesitábamos con urgencia, así que yo había tenido que conseguir un nuevo trabajo, uno que me impedía cursar las clases en la Facultad. De esa forma, estuve durante aproximadamente un mes avocada a juntar dinero, y no fue más allá por, también, cuestiones de fuerza mayor, ahora referidas a la seguridad. El asunto es que, al renunciar, encontré que no podía retomar de inmediato los estudios y que tenía que esperar dos meses. Dos meses que, resuelto ya el problema económico, yo podía utilizar a pleno para escribir, una situación que sólo se me daba en las vacaciones de verano. Tan pronto como fui consciente de esto, me puse a rápidamente adelantar capítulos en mi libro. Después de mucho tiempo me sentí tan feliz, que cuando se cumplieron los dos meses no quise volver a la Universidad. Ése fue el hito en mi carrera, porque dejé de relegar mi pasión a costas del mandato social de tener un título universitario; volví a darle a la escritura el lugar que se merecía en mi vida y dejé de recorrer los caminos que me habían causado deterioro mental. Escribir era lo primero, lo que mejor sentía que sabía hacer y que debía seguir haciendo.

Y claro está, una situación de tal armonía alimentó mi imaginación, mi creatividad y mi lucidez para redactar textos valiosos. Por eso no es extraño que a partir de entonces necesitara sólo de siete u ocho meses para, a toda marcha, escribir el setenta y cinco por ciento del libro que faltaba para terminarlo el día 14 de febrero de 2014 a las cuatro de la tarde... Su nombre es “Los Benditos”. Es un tomo 1; aún no está completa la historia ya que, para variar, es extensa. Pueden encontrar el primer capítulo, ilustraciones y toda la información en la sección "LOS BENDITOS". En este momento estoy esperando las respuestas de agentes literarios, editoriales y personas del mundo editorial argentino y español que lo están leyendo y que tienen la posibilidad de cumplirme el sueño de publicarlo.

A despecho del miedo y la preocupación, vivo soñando con sus colores, su magia y los ojos de la gente que habita en sus páginas. Adonde sea que voy veo el magnífico planeta en el que ocurren todos sus dramas. Dormida y despierta pienso en el rostro perfecto del villano, que sonríe con labios exquisitos, mientras el héroe todavía es un joven desarmado y angustiado en la búsqueda de un sendero iluminado. Pienso en la música y las luces, las lágrimas poéticas... Imagino lo que aún no escribí, el final y las explosiones, las resignificaciones de los conceptos y el brillo de las ideas que maduré yo sola, aquí, en las afueras de una ciudad argentina, para compartirlas con el mundo, si es que se me lo permite. Todo mi trabajo, las malas épocas, la ira y el dolor acunados por la confusión de una edad convulsa, pero proyectados en el horizonte de mi esperanza máxima: que, pese a todo, entonces llegue el día en que pueda decir, con el aval de un querido lector,


“mi nombre es Carmen Jack y soy escritora”.

sábado, 3 de mayo de 2014

Dicotomía

Un libro es una puerta a un mundo. Una canción es una
puerta al alma.

Nunca encontré una mejor manera de escapar de la vida que no fuera a través de un libro o de una canción hermosa. Distingo, no obstante, que el alma no atraviesa el mismo deleite en un caso y en el otro: mientras que el libro succiona y secuestra, la música invade y embelesa. He intentado combinarlos al leer, pero en este caso la música siempre queda superpuesta y silenciada. En la escritura de mis libros es diferente; no sólo ambas magias conviven sin anularse entre sí, sino que se retroalimentan y ayudan a mi inspiración. Como sea, lo que me resulta evidente es que poseen el mismo tipo de naturaleza. Y he gozado, sí, de la instancia en que percibo a un libro y a una canción como entidades vivas, que pueden interactuar conmigo y acompañarme en los momentos de soledad.

De la mano de esta reflexión, hace unos años, unos cinco o seis, pensé en la imagen de un músico, sentado ante su piano y deslizando sus dedos por las teclas, y en la imagen paralela de un escritor, con sus manos bailando por encima de, asimismo, las teclas de una máquina de escribir. Pensé en una nota musical y en una palabra como entidades compatibles, provenientes de talentos parecidos, y en las huellas que las dos cosas dejan en el espíritu humano. Todos hemos oído alguna vez acerca del poder de la palabra, para ser tan dulce como destructiva, y de la capacidad hipnótica de la música. Todo ser humano ha sido testigo de cómo una simple melodía puede inundar los ojos de lágrimas y de cómo una historia puede transportar los sentidos del lector hasta internarlo en otro planeta. En eso radica el título de esta nota: una canción es una puerta al alma humana, para estremecer hasta el llanto o para agitar la sangre, y un libro es una puerta a un mundo, otra dimensión, libre de las leyes y las opresiones de la cotidianidad. 
Entonces concluí en una poética idea: el pianista y el escritor son hermanos. Ellos ejecutan las exquisitas palabras de Dios con sus manos, en dos lenguajes distintos.
Por eso es que, así sea que yo lo haga bien o mal, mi única plegaria es nunca perder mis manos, para poder escribir hasta mi último aliento de vida.




miércoles, 30 de abril de 2014

Un Mundo Más Grande

Hace poco oí la alegoría del humo mágico que los libros levantarían en el caso de que ardieran todos juntos en llamas. Una biblioteca global, incendiándose. Más allá de la tragedia, esta idea trataba de la liberación de incontables flores y canciones, contenidas en las poesías románticas; fantasmas, de las novelas de suspenso; huestes a caballo, de las historias de guerra; estrellas, voces, barcos y mares. Era la idea de cada uno de esos mundos, libres y disparados al cielo como nubes de fantasía. Me quedé imaginándolo y, a despecho del ruido que me provocaba el pensar en libros quemándose, pensé en que el cielo no sería suficiente para tantas realidades y dimensiones juntas, y que tampoco el aire que precede al cielo sería suficiente. Concluí en que el planeta Tierra tiene el tamaño justo para nuestro mundo, el real, el que nos acompaña a toda la raza humana, pero no alcanza para lo que albergan los libros.

Entonces, ese día dije en mi cabeza:

"El universo de los libros hace al mundo un lugar más grande"


¡Bienvenidos a mi blog de literatura!
Carmen Jack