viernes, 16 de mayo de 2014

Mi Carrera

Escribir es mi manera de trasladarme a otro mundo. Por eso al principio sólo entendí que sentía pasión por imaginar y volar, pero no por escribir o por la literatura en sí. De hecho, la primera vez que leí un libro entero y por voluntad propia fue a los dieciocho años; hasta entonces, leer me molestaba. Es extraño, dado que empecé a escribir textos a los doce y di comienzo a mi primera novela a los catorce. Más de uno me preguntó cómo era posible que llevara adelante la actividad de escribir, y dedicándole tanto tiempo, cuando no quería leer. Creo recordar que mi respuesta siempre oscilaba en torno al desconocimiento y a mi neto gusto por mis aventuras mentales, que, al margen de ser concretadas en papel o en una computadora, eran lo que hacían que cada día de mi vida valiera algo. Sin embargo, tengo memoria de la cantidad de veces que releí mis propias líneas buscando perfeccionar las palabras y de que eso nunca me resultó un incordio. Todo lo contrario; cada párrafo completo era una especie de logro más allá de la vida rutinaria.

Afectada por el deseo de materializar mi imaginación y mis divagaciones fantásticas, dediqué mi primera novela a la historia de los videojuegos de la saga Resident Evil, autoría del japonés (que considero iluminado) Shinji Mikami, y que constituía mi fanatismo a los doce años. Invertí días en investigar y aprender cada pormenor de la historia original de la saga, y una vez concluido el proceso, me volqué a introducir mi propio relato. Creé un personaje nuevo, vinculado a otros que ya existían por obra del autor japonés, y le di una vida dramática y dolorosa. La única persona que leyó el libro hasta el final, terminó llorando. Sorprendida pero dichosa, decidí mantener con vida a ese personaje y darle la posibilidad de ver la luz más tarde, en unos años, en el marco de una novela cuyo argumento fuera también creado por mí. Pero esto entusiasmo no me libró de la triste pérdida que experimenté al ver que mi lectora cerraba el libro. Fue algo a lo que no pude anticiparme. Me di cuenta de que ese libro, ese proyecto y esa aventura que me habían costado casi cinco años terminar, era una entidad con dinamismo propio, pues había pasado del abstracto de mi mente al papel y luego a mis manos y a las manos de mi lectora, y ella se había apropiado de cada página al recorrerlas día tras día. Mi personaje, ese ser que la hizo llorar, había vivido a través de ella y había muerto al llegar al fin, y ya no estaba en mis manos; había quedado en la mente de ella. Fue una despedida luego de años de esfuerzo y maduración. Al momento de entender este sentimiento, supe que escribir era para mí algo superior al simple placer por fantasear con palabras. Era la chispa que iluminaba mi mundo y me conmovía hasta las lágrimas. Era lo que me hacía palpitar de orgullo y lo que me hacía ansiar el estar despierta todo el día, desde el amanecer y hasta superar la medianoche. Supe que escribir era una pasión.

Conducida por la efervescencia de dicha pasión, no supe esperar ni un solo día para empezar a redactar mi siguiente libro, el 4 de mayo de 2008 al mediodía. Y eso era ya un proyecto diferente; era la novela que quería publicar. El argumento de la historia había ido mutando a partir de un pequeño hobby de verano en el que yo contaba (si no recuerdo mal) once años: el desarrollo de un cuento a base de dibujos y diálogos, una suerte de intento de manga japonés, dado que yo también dedicaba tiempo a dibujar. De aquello a la idea final de la novela cambió casi todo menos el género, el cual se situaba en la ficción y la fantasía, y reinventé el mundo que había imaginado. A fin de acompañar ese mundo, pensé en un orden global que fuera lo suficientemente innovador para una buena historia, creando un calendario y, a partir de ello, sociedades diferentes. El resto de los elementos que fui inventando en el medio, surgió casi naturalmente. Y en realidad, esto que para mí fue como una explosión de imaginación, era mi necesidad por escribir no sobre una historia de autoría ajena, como en mi primer libro, sino sobre lo que yo quisiera, libremente.

Sin embargo, ésta no fue mi segunda novela completa (y gracias a Dios, porque me faltaba pulirme). Fue un poco por arrebato, mientras terminaba de cursar el último año de la escuela secundaria y me adentraba en el calor del verano, y por mi gusto por el animé. No era, desde ya, el primero que veía, pero ése me inspiró en particular, por uno de sus personajes. Se llama Vampire Knight; es animé romántico y de drama, basado en el manga homónimo de Matsuri Hino, y está cargado en Internet. De hecho, es por esto último que yo pude conocerlo, viviendo donde vivo. La razón por la que decidí escribir sobre él fue el final: me decepcionó muchísimo y me resultó injusto para el personaje que me gustaba. Lo que hice, entonces, fue darle continuidad a aquel final y un mejor destino a ese dicho personaje, regalándole la oportunidad de ser amado por alguien que fuera tan valioso como él. Respetando los criterios del romance japonés (véase Shoujo), hoy puedo afirmar que redacté una literal adaptación del animé/manga a libro. Esto en aquel momento debió haber sido inconsciente, porque, a decir verdad, no lo planeé, así como no planeé que terminara teniendo doscientas diez páginas A4 de tamaño, pero sobre esto último actualmente tengo asumido que no puedo evitar escribir mucho; ya en el colegio una profesora me llamaba la atención por eso y, de hecho, mi primer libro tuvo cuatrocientas sesenta y cinco páginas A4. Aun así, en ese entonces no consideré a mi relato de Vampire Knight un proyecto superior a un (otra vez) pasatiempo de verano y lo subí a la página web www.fanfiction.net

Al final, yo seguía escribiendo en base a las historias de los demás; primero, de Shinji Mikami y luego, de Matsuri Hino. Supongo que, sin saberlo, intuía que necesitaba seguir practicando.

Pero esta vez sucedió algo distinto. Al cargar la historia a Internet, hubo gente que leyó, mucha, y empezaron a llegarme mensajes. Eran elogios a mi forma de escribir y, sobre todo, al realismo de mi narración. Las críticas eran no sólo de argentinos, sino que además venían del exterior, de Venezuela, de Chile, de Mexico, Puerto Rico, Guatemala, con expresiones de alegría, confesiones de haber reído y llorado, ¡hasta de haber caído en “adicción” con la trama! Una locura para mí. Increíble. Incluso había una lectora, una chica que ahora tiene dieciocho años y que vive a unas seis horas de distancia de mi casa, que se comunicó conmigo para contarme lo fanática que era del personaje que yo había creado, de lo feliz que se sentía leyendo y de la tristeza que tenía porque la historia ya hubiera terminado, y de una manera tan trágica, por cierto. Eso, sumado a los demás mensajes, me dio la pauta de que tenía que extender el relato; de hecho, no estaba cerrado del todo como para que hacerlo fuese forzado. Continué, con muchos capítulos dramáticos y, finalmente con una aventura de amor, peligro y compañerismos. Los mensajes de los lectores se multiplicaron y siguieron llegando, hasta con dibujos. Los siguientes fueron hechos por tres chicas de Mexico, Lilith Kiryû Michaelis Hitachiin D. Cifer, Rebeca Kuran Jeaguerjaques D' Griffel Montouis y Carolina Kurosaki Kain Von Radquiel Granz:

 


 


Fui muy feliz escribiendo. Y, en proporción, otra vez debí tragar el dolor de terminarlo, el jueves 16 de febrero de 2012 exactamente a las 11:30. Claro que en este caso, mi entonces libro de 540 páginas estaba viviendo de manera indefinida en el ciberespacio, con la posibilidad de seguir siendo leído por más y nuevos lectores hispano-hablantes. Eso, ciertamente, no le quitó tristeza a mi despedida.

Ése fue mi segundo proyecto completo. Yo ya contaba la edad de veintiún años, era estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y llevaba a cuestas unas temporadas agitadas, con mucho estrés, y no sólo por la exigencia académica. A la vez, aquel proyecto de libro de fantasía, extraño y ambiciosamente innovador, estaba durmiendo en mi computadora sin crecer más allá del capítulo 2. A pesar de tener en mente dos ideas de libro más, supe que debía retomar ése. Mi estilo narrativo estaba definido por completo y yo estaba lista para recorrer el camino que conducía a la publicación en papel. Lenta pero segura, luché por mantener alejados los problemas y encerrados a mis demonios para seguir..., escribir. No obstante, tengo que ser sincera para reconocer que durante un año estuve más tiempo lidiando con mis demonios que escribiendo. Quiero creer que no fue un tiempo demasiado perdido.

Al año siguiente lo emprendí de otro modo. 2013. El hecho crucial fue la decisión de suspender los estudios en la Universidad. Fue por cuestiones de fuerza mayor, porque ni mi madre ni yo teníamos dinero y lo necesitábamos con urgencia, así que yo había tenido que conseguir un nuevo trabajo, uno que me impedía cursar las clases en la Facultad. De esa forma, estuve durante aproximadamente un mes avocada a juntar dinero, y no fue más allá por, también, cuestiones de fuerza mayor, ahora referidas a la seguridad. El asunto es que, al renunciar, encontré que no podía retomar de inmediato los estudios y que tenía que esperar dos meses. Dos meses que, resuelto ya el problema económico, yo podía utilizar a pleno para escribir, una situación que sólo se me daba en las vacaciones de verano. Tan pronto como fui consciente de esto, me puse a rápidamente adelantar capítulos en mi libro. Después de mucho tiempo me sentí tan feliz, que cuando se cumplieron los dos meses no quise volver a la Universidad. Ése fue el hito en mi carrera, porque dejé de relegar mi pasión a costas del mandato social de tener un título universitario; volví a darle a la escritura el lugar que se merecía en mi vida y dejé de recorrer los caminos que me habían causado deterioro mental. Escribir era lo primero, lo que mejor sentía que sabía hacer y que debía seguir haciendo.

Y claro está, una situación de tal armonía alimentó mi imaginación, mi creatividad y mi lucidez para redactar textos valiosos. Por eso no es extraño que a partir de entonces necesitara sólo de siete u ocho meses para, a toda marcha, escribir el setenta y cinco por ciento del libro que faltaba para terminarlo el día 14 de febrero de 2014 a las cuatro de la tarde... Su nombre es “Los Benditos”. Es un tomo 1; aún no está completa la historia ya que, para variar, es extensa. Pueden encontrar el primer capítulo, ilustraciones y toda la información en la sección "LOS BENDITOS". En este momento estoy esperando las respuestas de agentes literarios, editoriales y personas del mundo editorial argentino y español que lo están leyendo y que tienen la posibilidad de cumplirme el sueño de publicarlo.

A despecho del miedo y la preocupación, vivo soñando con sus colores, su magia y los ojos de la gente que habita en sus páginas. Adonde sea que voy veo el magnífico planeta en el que ocurren todos sus dramas. Dormida y despierta pienso en el rostro perfecto del villano, que sonríe con labios exquisitos, mientras el héroe todavía es un joven desarmado y angustiado en la búsqueda de un sendero iluminado. Pienso en la música y las luces, las lágrimas poéticas... Imagino lo que aún no escribí, el final y las explosiones, las resignificaciones de los conceptos y el brillo de las ideas que maduré yo sola, aquí, en las afueras de una ciudad argentina, para compartirlas con el mundo, si es que se me lo permite. Todo mi trabajo, las malas épocas, la ira y el dolor acunados por la confusión de una edad convulsa, pero proyectados en el horizonte de mi esperanza máxima: que, pese a todo, entonces llegue el día en que pueda decir, con el aval de un querido lector,


“mi nombre es Carmen Jack y soy escritora”.

sábado, 3 de mayo de 2014

Dicotomía

Un libro es una puerta a un mundo. Una canción es una
puerta al alma.

Nunca encontré una mejor manera de escapar de la vida que no fuera a través de un libro o de una canción hermosa. Distingo, no obstante, que el alma no atraviesa el mismo deleite en un caso y en el otro: mientras que el libro succiona y secuestra, la música invade y embelesa. He intentado combinarlos al leer, pero en este caso la música siempre queda superpuesta y silenciada. En la escritura de mis libros es diferente; no sólo ambas magias conviven sin anularse entre sí, sino que se retroalimentan y ayudan a mi inspiración. Como sea, lo que me resulta evidente es que poseen el mismo tipo de naturaleza. Y he gozado, sí, de la instancia en que percibo a un libro y a una canción como entidades vivas, que pueden interactuar conmigo y acompañarme en los momentos de soledad.

De la mano de esta reflexión, hace unos años, unos cinco o seis, pensé en la imagen de un músico, sentado ante su piano y deslizando sus dedos por las teclas, y en la imagen paralela de un escritor, con sus manos bailando por encima de, asimismo, las teclas de una máquina de escribir. Pensé en una nota musical y en una palabra como entidades compatibles, provenientes de talentos parecidos, y en las huellas que las dos cosas dejan en el espíritu humano. Todos hemos oído alguna vez acerca del poder de la palabra, para ser tan dulce como destructiva, y de la capacidad hipnótica de la música. Todo ser humano ha sido testigo de cómo una simple melodía puede inundar los ojos de lágrimas y de cómo una historia puede transportar los sentidos del lector hasta internarlo en otro planeta. En eso radica el título de esta nota: una canción es una puerta al alma humana, para estremecer hasta el llanto o para agitar la sangre, y un libro es una puerta a un mundo, otra dimensión, libre de las leyes y las opresiones de la cotidianidad. 
Entonces concluí en una poética idea: el pianista y el escritor son hermanos. Ellos ejecutan las exquisitas palabras de Dios con sus manos, en dos lenguajes distintos.
Por eso es que, así sea que yo lo haga bien o mal, mi única plegaria es nunca perder mis manos, para poder escribir hasta mi último aliento de vida.