sábado, 3 de mayo de 2014

Dicotomía

Un libro es una puerta a un mundo. Una canción es una
puerta al alma.

Nunca encontré una mejor manera de escapar de la vida que no fuera a través de un libro o de una canción hermosa. Distingo, no obstante, que el alma no atraviesa el mismo deleite en un caso y en el otro: mientras que el libro succiona y secuestra, la música invade y embelesa. He intentado combinarlos al leer, pero en este caso la música siempre queda superpuesta y silenciada. En la escritura de mis libros es diferente; no sólo ambas magias conviven sin anularse entre sí, sino que se retroalimentan y ayudan a mi inspiración. Como sea, lo que me resulta evidente es que poseen el mismo tipo de naturaleza. Y he gozado, sí, de la instancia en que percibo a un libro y a una canción como entidades vivas, que pueden interactuar conmigo y acompañarme en los momentos de soledad.

De la mano de esta reflexión, hace unos años, unos cinco o seis, pensé en la imagen de un músico, sentado ante su piano y deslizando sus dedos por las teclas, y en la imagen paralela de un escritor, con sus manos bailando por encima de, asimismo, las teclas de una máquina de escribir. Pensé en una nota musical y en una palabra como entidades compatibles, provenientes de talentos parecidos, y en las huellas que las dos cosas dejan en el espíritu humano. Todos hemos oído alguna vez acerca del poder de la palabra, para ser tan dulce como destructiva, y de la capacidad hipnótica de la música. Todo ser humano ha sido testigo de cómo una simple melodía puede inundar los ojos de lágrimas y de cómo una historia puede transportar los sentidos del lector hasta internarlo en otro planeta. En eso radica el título de esta nota: una canción es una puerta al alma humana, para estremecer hasta el llanto o para agitar la sangre, y un libro es una puerta a un mundo, otra dimensión, libre de las leyes y las opresiones de la cotidianidad. 
Entonces concluí en una poética idea: el pianista y el escritor son hermanos. Ellos ejecutan las exquisitas palabras de Dios con sus manos, en dos lenguajes distintos.
Por eso es que, así sea que yo lo haga bien o mal, mi única plegaria es nunca perder mis manos, para poder escribir hasta mi último aliento de vida.




No hay comentarios:

Publicar un comentario