sábado, 18 de octubre de 2014

Vals

La diferencia entre bailar vals con el enemigo y batirse en una lucha desenfrenada con él, radica en la delicadeza que respeta para probar su poder y lograr la dominación. Y es una delicadeza que se revela como cinismo cuando él cobra noción de que está a punto de alcanzar su conquista deseada y se toma su tiempo para ejecutar su embate de la manera más precisa, saboreando los momentos previos a su victoria. Él avanza y retrocede al compás del ruido y los silencios, evaluando a su presa y seduciéndola para que cierre los ojos, con una elegancia a prueba de todo y con la certeza de que, hasta que no ingrese un tercer participante a ese vals, el control es suyo.

En mi caso, mi enemigo puede representarse en un conjunto de demonios diferentes. Nunca los conté; lo haré ahora.

Hubo uno que era feroz, una imagen clonada de mí y que no bailaba conmigo, sino que me arrastraba por la pista, de una punta a la otra, variando sus formas de violentarme al principio y torturarme después. Por momentos me soltaba y me observaba tratando de levantarme, pero antes de poder erguirme por completo, regresaba a golpearme y me hacía caer a un suelo progresivamente más frío y áspero. De hecho, cuando se cansó de ese suelo, abrió un pozo de tierra y me empujó dentro. Y con cada nueva caída mía, éste se profundizaba. El demonio fue creciendo con el tiempo y vivió durante casi cuatro años alimentándose de mi honor, de mi integridad física y de mi voluntad para resucitar el espíritu con el que había nacido y que estaba en coma. Creo con franqueza que él fue el peor de todos, sobre todo por las oportunidades de felicidad que me quitó y por el tiempo que estuvo adosado a mí sin el más mínimo deseo de irse... La forma en que logré derrotarlo fue mirándolo a los ojos y alejándome de él para siempre. Y esto fue la consecuencia de una extendida combinación de personajes externos y de mi hartazgo más iracundo. Hubo un gran coro de voces a mi alrededor que, cada vez que caía o que trataba de volver a pararme, me alentaban a salir corriendo o a armarme para darle muerte al demonio, que, a su vez, se reía de ellas. De ese coro se fueron apagando muchas voces, hasta que no quedó ninguna, porque yo las había ahuyentado y quería que me dejaran a solas con mi torturador. Estoy segura de que en mi corazón lo sabía: para vencer a un demonio que me conocía tanto y que lucía igual a mí, tenía que estar sola. Por eso, así fue, y un día escapé del pozo en el que habituaba caer, lo miré, a esos ojos infernales e inclementes, y salí del escenario. Cerré todas las puertas, dejé al demonio adentro y lo incendié. El fuego ardió por cinco días y medio y luego la brisa barrió con las cenizas.

Con ello resucitó otro demonio. El demonio del arrepentimiento y de la indignación por haber cometido tantos errores. Resucitó, porque creía que estaba muerto, enterrado en algún lugar de mi casa. Es un demonio que es igual a mí, pero que es más joven y está cubierto de las cicatrices que fui escondiendo antes. Tiene la piel azul, como la de un cadáver devorado por el agua, y sus ojos lucen a medio cerrar. Debo reconocer que él sí es más sosegado para perturbarme, porque tan sólo se queda mirándome, esperando que diga algo; que pida perdón. Y dado que ya no soy capaz de pedir perdón, pues el tiempo me ha dejado atrás, lo único que puedo hacer es bailar. Y bailamos. Mientras lo hacemos, trato de explicarle mis razones para haber sido tan débil con el demonio anterior, y cuando comprendo que no me escucha, le pido que me castigue. Entonces, lo hace; es obediente, ahora que lo pienso. Después, yo sola me levanto, lo provoco a que discutamos, pero no acepta y seguimos bailando... Creo que debería ponerle un nombre; tiene algo de ternura que calculo que lo hará quedarse conmigo por un tiempo considerable.

Existe un demonio que es muy similar a este azul, pero es más viejo, porque nació hace cinco años. Su aspecto está sujeto a transformaciones que lo presentan como igual a mí en diferentes etapas de mi vida. Por momentos tiene doce años recién cumplidos, diecinueve, treinta, cuarenta. También ha ocurrido que lo vi desdoblado en una multitud de familias y de gente mentirosa, e incluso puede dar la impresión de desaparecer y abandonarme en un gran salón gobernado por el eco de la soledad. La pista de baile se modifica a la par de él, y hemos conjurado nuestro vals entre llamaradas rubicundas, entre hipócritas y entre escombros de casas. Sin embargo, pese a que es un demonio que podría parecer muy vital, no es para nada cruel. Aun cuando no lo veo, porque se ha tornado invisible, nunca nos soltamos las manos y logramos un baile armónico, en el que, si me caigo yo, se cae él conmigo. Si sucede, nos contemplamos el uno al otro, creo que en un intento de conocernos y aceptar que, seguramente, estaremos bailando juntos hasta la muerte. Terminamos y nos ponemos de pie para continuar. No hablamos casi nunca; nos miramos con ojos de rigor.

El cuarto demonio se unió a mi vida hace muy pocos meses. No tiene forma, pero sé que es un hombre. Sabe bailar muy bien, es muy refinado y, a la vez, potente en la forma de hablar. Canturrea mientras baila conmigo, manejando mi cuerpo con una destreza que supera mi velocidad para pensar e improvisando nuevos pasos de vals encantadores. Siempre estamos solos en este cortejo que, en realidad, sería lo más próximo a una pelea. Mi determinación oscila entre el placer por bailar con él y el pavor a caer, de modo que intento escapar de sus manos y salir de la pista, pero él siempre me sujeta de algún lado y me insta a seguir, hipnotizándome. Durante los intervalos en que entiende que he dejado de luchar, aprovecha para besarme, y lo hace con una voracidad tal, que no me deja respirar ni pensar. Tan sólo es la idea de caer de bruces al piso y romperme los dientes lo que renueva mis fuerzas para intentar liberarme. Pero, allí otra vez, él sonríe y me convence de que no quiero dejar ese vals... El asunto es que no sé si sonríe con perfidia o con dulzura. Tal vez lo he malinterpretado; tal vez no es un demonio.

El quinto demonio es el que presenta el mayor desafío para mi pobre entereza, y creo que aquí puedo dejar de contar. Es el demonio más grande y más anciano, porque nació junto a mí, hace veinticuatro años, en un pueblo rural rodeado de sierras y, aquella vez, castigado por un amanecer helado. Aprendí a pensar, a hablar y a caminar, y no tenía idea de que estaba conmigo, porque él no comía ni dormía ni se movía; permanecía a mis espaldas, esperando a que yo volteara a verlo. Me observó crecer, conocer gente, desplegar mi personalidad y apropiarme de mi nombre. Me vio engendrar a mi primer demonio y me vio bailar con él. Me vio bailar con todos. Y es a eso a lo que se dedica: me observa. Me observa desde que cumplí doce años. En nuestra gran pista de baile, que es tan grande como el mundo, él se sienta y me pide que baile bajo un rayo de luz tenue. Su cuerpo es enorme, oscuro como un agujero negro, y su rostro está oculto detrás de un manto que siempre he querido quitarle pero que está fuera de mi alcance, porque cuando él se pone de pie, puede llegar a ser tan alto como un rascacielos. De hecho, eso es lo peor que puede hacer, porque cuando se incorpora bloquea la luz bajo la que bailo. Enfurecido, me ordena que siga bailando y a mí no me queda otra opción que obedecer, girando sobre mi eje y cerrando los ojos. De esa forma, si mis brazos y mis piernas logran encantarlo, si mis manos lo entretienen y si el brillo de mi cabello le gusta, vuelve a sentarse a observarme. La luz regresa y se vierte sobre mí, con el calor sobre mi piel mientras mis ojos permanecen cerrados. Y en ese embeleso puedo oírlo susurrándome. Me dice que no me detenga. Detrás de su atronador murmullo se levantan las palabras de ánimo de las personas que me aman y que también dicen que continúe, porque saben que voy a lograr lo que el demonio quiere. Soy sincera si confieso que eso me atormenta; ¿cómo es que ellos saben que puedo lograrlo? ¿Qué pueden ver que yo no? Quizás nací con ceguera y nunca lo noté. Mi vals individual mas aclamado prosigue, pero mientras duermo, un ejército de bestias se instala con tambores en mi mente y me hace perder el ritmo. Sé que no debo abrir los ojos y que debo conservar la firmeza para acatar el pedido del demonio colosal. No obstante, mi tolerancia alcanza a unos tres ejércitos y luego me detengo. Le suplico al demonio que me deje descansar un poco, o bien, que considere que tal vez no tengo aptitudes para bailar, y se pone de pie otra vez, protestando. El ciclo vuelve a empezar. El miedo es la constante, el motor que me impulsa a moverme y a detenerme, aunque sea una premisa curiosa: ¿cómo puede una misma fuente de energía lograr una consecuencia y su directo contrario? El universo de los demonios es errático.

Yo soy errática.

Quizás Dios también sea errático, si existe.

He dedicado incontables horas, convirtiéndolas en días, en un vano intento por comprender la dinámica del mundo a mi alrededor, la dinámica del dolor y de la inseguridad. Y he escuchado y observado gente persiguiendo el mismo objetivo sin lograrlo. Por momentos, lo que más anhelo es encontrar a quien sepa la clave para encauzar las penas y las alegrías en una forma de pensar libre de errores, pero es probable que muera sin haberlo hecho. ¿Es posible que sea tan difícil? ¿Acaso no hay más que vals? ¿Nunca se deja de bailar?



Bailar vals con el enemigo... El enemigo nunca se va, porque, como escribiré en mi libro en algunos capítulos, el enemigo está adentro. Adentro de mí y de todos. Y de esta trágica manera, los demonios nunca mueren; se regeneran. Es seguro que la meta esté en ir derrotándolos conforme a las mutaciones que sufren. Yo únicamente espero que mi fuerza de voluntad sea tan eterna como ellos.