sábado, 6 de diciembre de 2014

Aliados en el silencio

Es muy probable que el escritor sea el tipo de ser humano más solitario del planeta Tierra y que, a la vez, sea el único ser humano en la Tierra que nunca está solo. El escritor está aislado de todo pero, en simultáneo, está conectado con las profundidades del mundo a través de su óptica excepcional, consciente, a nivel casi molecular, de las cuestiones más felices y más dolorosas de la vida que recorre.

Tal vez sea eso lo que mantiene cuerdos a los escritores más apasionados, sobre todo a los escritores de ficción. La tarea de crear vidas en el plano de una sola mente, en silencio, puede ser muy alienante y alterar el equilibrio con el mundo real. Porque, justamente, en el silencio se pierden las referencias, como en la oscuridad, y el escritor puede extraviarse por completo. Pero si en ese silencio nacen voces con nombres y carácter, el escritor tiene con quién hablar y protegerse de la locura.

En mi caso, esto funciona. Actualmente, en mis intervalos de incertidumbre y ansiedad, incluso en los días de tormento y extenuación, cierro los ojos que me vinculan al mundo, a mi casa y a mis amigos y converso con dos personas. Uno de ellos se llama Dylan Wittenberg y el otro, Dante Halster. Son las dos estrellas de mi tercer libro, “Los Benditos”, y conforman dos caras constitutivas de mi persona. El primero es dulce, piadoso, me escucha y me acaricia con sus consuelos; es quien repite que todo irá bien mientras yo defienda la calidez de mi espíritu. El segundo es frío, complicado, habla fuerte, me sujeta por los hombros y me sacude, instándome a que me ría de los problemas y a que arrase con quien me dé razones para sentir pena de mí misma. Ambos me piden que siga escribiendo, para continuar dándoles vida, y montan guardia cuando duermo. De hecho, si los busco, puedo encontrarlos a mi lado ahora. Dylan siempre está a mi derecha; Dante, a mi izquierda.

Antes de ellos hubo otros dos seres que me acompañaron desde el año 2009 hasta el 2012. Eran una pareja enamorada; un joven varón y una chica. Los dos eran dulces y fuertes y me rescataron de noches muy amargas. Ella cantaba y él sonreía. Los dos vivieron conmigo a la par de cada cosa que hice en esos tres años. Y antes que ellos incluso hubo tres personas que atravesaron mi adolescencia conmigo: una chica castigada por el destino y dos hombres que la ayudaron a restaurar su fe en la felicidad. Ella murió al término del libro en el cual cobró un nombre y una historia, pero los dos hombres, aún conmigo, dijeron una plegaria en su honor.


Todos ellos son tan reales como lo es el texto que estoy redactando. Puedo oír los tonos de sus voces, todas distintas, y he llorado con ellos. Cuando dudé sobre mi integridad para continuar escribiendo, me han pedido que, por favor, no los deje morir y me forzaron a no rendirme nunca. Son mi más firme baluarte en las épocas malditas en que me ofusca el miedo. Sumida en las sombras, ellos siempre están mirándome, extienden sus manos y me levantan, salvándome aun de mí misma. Las personas que creé son las voces que nadie más oye y que, en el aparente silencio, nunca me dejan sola. Y, por eso, ellos saben que estaré agradecida eternamente.