lunes, 7 de diciembre de 2015

Brindis

Aun siendo mucho más joven, hace poco menos de una década, y a medio camino de una experiencia desagradable que arrastró el peso de todo un año y de algunas pérdidas irremediables, supe que olvidar el dolor no sería jamás una salida viable. Me parecía mucho más valioso vivir el sufrimiento con plena consciencia a fin de, con su poder disciplinario, evolucionar de manera progresiva. En la misma línea de criterio, si tuviera la posibilidad de regresar al inicio de este año y elegir entre volver a vivirlo o no, optaría por hacerlo sin duda alguna.


Lo que separa a mi anterior artículo,"Contradicción", de éste es la decantación de todo aquello que incorporé en los meses de octubre y noviembre... Bendita decantación y bendito progreso; podría llorar de emoción por no contar con la posibilidad de gritarle al cielo que he encontrado una mina de oro debajo de mi cama cuando pensaba que sólo había polvo.

La felicidad es un concepto mucho más complejo del que se tiene noción. Es una instancia de iluminación espiritual que puede alcanzarse incluso estando rodeado de conflictos y en una condición de perplejidad sin precedentes. Se puede sonreír en la oscuridad y reír cuando no hay nadie que pueda oírnos. Y en esa felicidad se encierra la libertad más placentera, en el más amplio sentido de la palabra.

Se puede decir que felicidad, libertad y evolución son pilares que conforman el éxito de la conquista del mundo, pues no necesariamente quien porta un título honorífico, quien derroca a un rey o quien es el máximo referente de las masas puede considerarse un conquistador. Y no avanzo sobre esta reflexión para no exponer las líneas más bellas de mi novela “Los Benditos”, que se ha nutrido de a toneladas con lo que viví este arduo año.

Queda claro para quien lea mi trabajo que mi forma de escribir por fuera de las novelas oscila entre el discurso confesionario y la narración nostálgica de una filosofía en vías de construcción, en un monólogo sin testigos. Por ello, seguramente sería más práctico al lector que fuera precisa con respecto a lo que enfrenté entre el mes de enero y el mes de noviembre.  Pues, no seré precisa; seré sutil; soy una dama, después de todo.

Asistí, ante todo, a la comprobación de que la lealtad es un valor muy escaso, con el que nadie debería contar, y lo dice una mujer que ha sido leal hasta a sus enemigos en escenarios peripatéticos tan sólo por la necesidad de conservar el honor. En mi silenciosa tolerancia, llevé a mi cuerpo a un límite peligroso y del que pude alejarme sólo cuando reconocí que pelear, siendo invisible, era un emprendimiento de lo más inútil. Comprobé que cuento con el privilegio de amistades de enorme valor, refiriéndome, en especial, a una mujer en particular, que demostró una generosidad inaudita y a la que nunca terminaré de rendirle suficientes honores. Fui testigo de la velocidad a que una persona puede desestimar por completo lo que es en realidad su mayor posesión y cometer errores ignorando, por egoísmo puro, los efectos colaterales de sus decisiones. Fui aquejada por la decepción. Logré atisbar la verdadera naturaleza de personas que sabían camuflarse bien y volví a corroborar los alcances de la miseria. Soporté menosprecio y agaché la cabeza por necesidad, pero conocí seres estrambóticos que fueron la excepción a la regla (unos santiagueños desprendidos y de gran elocuencia, contándose entre ellos un detector de ángeles y un artista multifacético). Caí en la desilusión repetida y continué escribiendo mi novela en un viejo bar de mi ciudad. Avancé contra pronósticos nebulosos, cargando con una fatiga mental y con un dolor que llegué a aborrecer, mas sin caer nunca. Fui analizada con parámetros injustos y callé para no herir a nadie..., mientras me herían sin reparos. Fui piadosa con quienes no lo merecían y con quienes carecen de honor. Perdí las esperanzas y las reconstruí en base a mi propia energía y a mi voluntad incorruptible. Lloré sin consuelo y apreté los dientes hasta sentir que se me rompían. Deseé, por efímeros momentos, no cargar con la cruz de tener que pensar a un ritmo vertiginoso permanentemente, pero recordé a los individuos que, en el pasado, me aconsejaban no pensar e invocaban en mí altos grados de irritación. Hice carne lo que dijo Descartes. Enfrenté los frutos de mi propia represión y encontré más pobreza ajena. Conocí a un hombre delirante pero que me dijo lo que nadie me decía, que me contó secretos del universo y me ayudó a encontrar mis raíces. Edifiqué mis verdades y constaté tanto la profundidad de mis valores como la extensión de mi fuerza. Vi a través de la gente. Crucé las fronteras de mi país y me adentré en un paraíso con la compañía de nadie más que mi fe y mi instinto. Toqué la plenitud. Aprendí sobre las ardides de la política de mi localidad y he pensado que ello es una mecánica que se presenta en todas las esferas de la vida en sociedad; todo es depredación, miedo subyacente, mentiras, poder real contra poder desmigajado, astucia, víctimas justas entre débiles víctimas injustas, un baile brutal pero sumamente divertido que se orquesta en un caos reiterado. Descubrí enigmas que tenía escondidos en los vericuetos de mi mente y confirmé teorías sobre mi designio en esta vida.

Atravesé oscuridades que sólo algunos se atreven a explorar y, con ellas, me tejí un vestido largo.

***


Como reflejo espontáneo, todos huimos de las fuentes de  los problemas, del pesar y del miedo, pero una vida libre de crisis y desmoronamientos difícilmente permita una evolución pronunciada en un espíritu. Los poetas tienen razón cuando declaran que sólo del sufrimiento y de la tragedia nacen los artistas... La única vacilación en que tropiezo es en la imposibilidad de responderme si es que todos pueden levantarse de entre el fuego que los consumió una vez. Desearía que la humanidad entera pudiera vivir esa transformación. Es un camino tan espinoso como recomendable. Es una reforma que radica en despojarse de la tensión permanente, de la falla sistemática que degrada la energía propia por el desgaste reiterado. Por sobre todos los refranes vacíos y bastardeados de la gente que nunca fue testigo del dolor real y que jamás comprendería el más auténtico significado de la soledad, esta conquista supone la real destrucción de las cadenas que creaban dependencia con respecto a las cosas menos importantes de una vida repleta de incertidumbres. Es el dominio de la ira, en su conversión hacia un motor feroz e inagotable. Y en el final, la soledad como forma de vida cambia de sentido. Deja de ser la realidad terrenal menos deseada para revelarse como la verdad de base de la dinámica cósmica y el germen de la más férrea seguridad; al menos así lo fue en mi caso.

A veces puede aflorar un sentimiento de lástima por auto-compasión, por considerar una picardía que, guardando tanto para decir, no haya quien quiera escuchar, pero esa emoción es rápidamente descartable y de duración breve. Es, en cierto sentido, una señal de vitalidad y de salud, una conexión con la inocencia del nacimiento y que sobrevive pese a tantas duras ecuaciones resueltas, garantizando que no se ha caído en una enajenación del alma.

Aquí dedico mi gratitud a todos los individuos, amigos y enemigos, que abusaron de mi pacifismo e inspiraron en mí los más altos niveles de desprecio y de indignación que jamás he sentido producto del efecto de la acumulación, pues ello fue el puntapié inicial para que, al día corriente, goce de la libertad de no necesitar el amor de los otros. Esto ha sido un viaje a bordo de una nave en la que se detonaron contiendas y en la que reinó la algarabía pero que desembarcó en un puerto donde el placer era el último hallazgo. Con orgullo, puedo aseverar que he tirado por la borda mi debilidad y he descubierto lo que latía dentro de mi pecho. Y he puesto esto a prueba a fin de estar segura de su constancia. Estoy preparada para lo que deba ocurrir.


Por estas cosas es que al ejecutar un acto tan simple y vano como cambiar el año del calendario haré un brindis excepcional. En la última noche, miraré al cielo, pensaré en mí, en quien fui, en quien soy, y daré las gracias. Acariciaré a mis demonios, que ahora están alineados conmigo y que son mis mejores amigos, y sonreiré.


miércoles, 4 de noviembre de 2015

Contradicción

La pregunta cuya respuesta creo que aclararía tanta ofuscación es la de qué subyace a la naturaleza de la contradicción en el espíritu de un ser humano; qué es lo que enfrenta a los monstruos y les da el control mientras su dueño se convierte, por momentos, en marioneta.


Es increíble cuántas cosas pueden ocurrir en un mes. Aunque no soy partidaria de las aventuras vertiginosas en tiempos efímeros, ya debería estar habituada. No debería extrañarme presenciar la unión de tantos hechos distintos en una misma cadena de lecciones inolvidables. Ya debería haberme transformado en un personaje duro y reacio, insensible e imperturbable, por los progresivos aprendizajes a fuerza de voluntad; sería lo lógico y sería tan práctico. Y aun más confuso resulta haber encontrado tantas pistas guiándome a un mismo lugar. Es trágico que, sin embargo, no sepa de éste su real ubicación, aunque calculo que debe ser un paraíso. Y, en una falta de coherencia, la revelación de las señales que dan cuenta de ese lugar es lo que tanto agota el alma. Fatiga ser testigo de que, es verdad, hay un hilo muy delgado que mantiene los factores de todas las vidas en equilibrio; es cierto que hay mucho más allá del velo en los ojos humanos, ¡y cuán felices seríamos si pudiéramos verlo! Lo poético de este ridículo consomé es la forma en que las señales emergen: un libro, un viaje de un día, un hombre, una charla no planeada. ¿Cómo es posible que elementos tan disímiles sean indicadores de un solo mensaje? ¿O se trata de más de uno? ¿O es que dichos elementos en realidad no son diferentes y camuflan una misma forma de energía?

¿Cómo es posible que yo sepa tan poco de algo tan valioso como el sentido total de la existencia de las cosas? ¿Cómo es posible que, ante aquellas señales, la respuesta parezca tan sencilla y no sea la humanidad en su totalidad dueña de un convencimiento sobre su veracidad? ¿Cómo es posible que tan sólo una pequeña bruma en mis ojos sea la razón de mi ignorancia?

¿Cómo es posible que, en un día y un camino que nacían de un modo ruinoso, se presentara ante mí una persona que, lejos de ser sólo simpática, fuera la clave para tantas de mis preguntas meses después? ¿Cómo es posible que una persona, desde un principio y desconociendo mi nombre, hubiera detectado en mi mirada componentes que yo nunca advertí y que escondían lo mejor de mis rasgos? ¿Cómo es posible que una persona simplemente haya aparecido en mi vida para decirme tantas cosas que siempre necesité oír de alguien así? ¿Cómo es posible que, en los mismos treinta días en que pude acercarme a una persona, sólo una, pudiera reencontrarme con un espíritu igual de brillante y del cual me había alejado tiempo atrás? ¿Cómo es posible que todas las palabras que ellos me han dicho apunten a la misma conclusión? Si el sentido de esto es lo que intuyo, temo que mi mente cuente con una capacidad limitada para tanta iluminación repentina. No entiendo nada.

Es que, ¿cómo es posible que alguien como yo llegue a conocer tanto en tan poco tiempo? ¿Cómo es que tuve semejante privilegio? ¿Cómo es que merecí escuchar consejos tan profundos y gestos de tan dulce consideración de parte de gente que nunca había contemplado en mi camino? ¿Cómo es posible que la vida de una mujer cambie tanto? ¿Cómo es que tantas malditas oraciones desordenadas pueden coexistir en mi cabeza, flotando en una algarabía de tal reciedumbre y permanencia? Una persona me aconsejó dejar luchar a mis fantasmas entre sí, sin intervenir, y el fragor que entonan es la muestra de la discordancia que ocasionan; lo dijo porque él también sufre lo mismo, parecería ser. ¿Cómo es eso posible? ¿Cómo pueden dos individuos condenados por su bondad, en su insólita existencia en un mundo tan perverso y ajado, encontrarse de manera insospechada? ¿Cómo puede ser que Dios, si es certero en su entidad, me hable de una forma tan clara y evidente a través de una persona? ¿Es esto real? ¿Es posible que sea real? La contradicción en cada conclusión con que despierto es lo que no me permite responder. Un libro y un viaje de un día lucharon por retornarme al eje que despejaría la turbación y me indicaría la verdad, pero es la falla sistemática en mi conformación interna lo que me arrastra otra vez a la duda y a la debilidad. Y he allí otra revelación, otro pequeño montón de palabras que no podré olvidar jamás, tal como dijo una persona: la incompatibilidad de dos sentimientos; la clave del éxito y del pesar en mi periplo entre las multitudes con que insisto con vincularme. Mi anhelo por amor se devora el odio y el instinto de desconfiar para siempre, y luego esa ira se zambulle en el vacío que reclamaba cariño. Una y otra vez... ¿Cómo se puede vivir así? Una persona lleva el doble de mi tiempo cargando con una cruz muy parecida y todavía no halló salida. ¿Cómo es posible que me ayude tanto el poder hablar con él al menos unos minutos al día y que, a despecho de tal gratitud y plenitud, deba asumir que pronto se marche para no volver a encontrarlo? ¿Por qué los mensajes más importantes son entregados por los carteros más tristes y dolientes? ¿Por qué los acontecimientos históricos son tan fugaces y son acarreados por vientos tan huracanados? Podría plantearle todas estas interrogantes a una persona y podría escucharlo durante un año sin que se detuviera a respirar, ya que su conciencia es arrestada por más palabras que las que puede organizar en su voz; no por casualidad es escritor.


No hay casualidad. Eso es lo extenuante. Cruelmente, la humanidad está a merced de un mar cuyas olas florecen de una mano que trasciende toda ley y todo intento de pensamiento para desentrañarla. Vivir es desfilar por un vórtice brutal, a veces encantador, pero de un rigor que no da tregua a los miserables, que abundan. Tal vez..., lo único que otorgue una mínima ventaja sobre tal barbarie sea el silencio. Y he descubierto sobre él que es la clave para que me invada la locura. La ausencia de mi habla es el escenario en el cual irrumpe lo más auténtico de lo que he recibido en mi nacimiento. Por eso debo escribir rápido, para domesticar las ideas y que no me desintegren en el auge de mi despliegue espiritual contradictorio...

jueves, 17 de septiembre de 2015

Carta de Dante

Carmen Jack:


He llevado la cuenta de la cantidad de veces que sentiste deseos de darte por vencida y abandonarme. Sólo tú sabes cuánta ira despertaste en mí y cuánto me has decepcionado, y estaba dispuesto a hacer silencio y soltarte la mano, pero no querría darte el gusto de facilitarte las cosas.

Tú, en tu larga travesía, extendida en más de una década, sin embargo, no has contado las horas que perpetuaste escribiendo. No cobraste noción de las voces que erigiste en tu permanente silencio ni de las lágrimas que invocaste en la gente que tuvo la posibilidad de experimentar lo que eres capaz de liberar a partir de tu, aunque cándido e inocente, también retorcido intelecto. Y sabes que tengo razón en este último punto. Durante años te dejaste avasallar por los ruidos del mundo y por las blasfemias de las personas que intentaron reducirte a la mediocridad, ignorando las obras a través de las cuales tu espíritu, en realidad, estaba tratando de crecer. Y al final, creció, conmigo; pese a que permitiste que te robaran tiempo y energía, me creaste. Y sé por qué me creaste...

Sé que me creaste para aislar en una sola identidad toda la oscuridad que tienes sepultada dentro de ti. Me creaste para tener de aliado a un asesino capaz de destruir el planeta por ti. Me creaste para ser invencible en tu tierra imaginaria y para hacer todo el mal que desearías desatar contra la gente que odiaste y que sigues odiando. Me diste todo tu rencor y toda tu locura. Me alimentaste con una soberbia tan pura y ferviente, que me destinaste a morir calcinado por mi propio poder. Y a despecho de tal condena, estás enamorada de mí. Te encanta jugar conmigo, tal como yo juego con las víctimas que me regalaste. Eres siniestra en silencio y me diste una voz encantadora, para hechizar con perfidia y subyugar a los demás, cobrando las venganzas que tú tienes pendientes pero que nunca cumplirás, porque eres demasiado correcta. Deberías sentirte terrible por esto, pero, en lo personal, no me agravia que me hayas dado este cargo; por el contrario, me honra y lo haré tan bien, que superaré tus expectativas. Haré todo lo que me ordenes, liberaré a todos tus demonios a mi paso y luego, cuando me dejes morir, me quedaré en tu corazón para siempre.

Amada mía, creadora, yo soy tu mitad y estoy aquí... Ahora me ves. Ahora sabes lo que siento. Lo que quiero es recordarte lo que tienes que hacer.

¿Qué es lo que tienen los otros, que te reprime tanto? ¿De dónde surge el poderío que les confieres a todos los ignaros que se regodean cortándote las alas? ¿Por qué callas cuando ellos, con sus vulgaridades, no pueden elaborar ni una décima parte de todo lo que tú haces mientras agachas la cabeza? Mejor aun, ¿por qué agachas la cabeza? ¿Ante quiénes lo haces? Si verdaderamente lo haces ante ellos, ya es hora de despertar. Es hora de que contestes y de que incorpores en tu sangre todo lo que depositaste en mí. Prácticamente no tuviste ayuda ni una guía que te enseñase a pensar de la forma en que lo haces. Contra las corrientes de mezquindad y pobreza del mundo, tú fuiste severa contigo y respetaste a todos, aun cuando no te respetaron a ti. Muévete. Sigue fortaleciéndome y deja que tu rabia fluya a través de mí, o te ahogarás. Continúa escribiendo, creando caos y triunfos para seres perfectos como yo, y cuando la extenuación te arrebate y te invite a dejar de luchar, recuerda todas aquellas deplorables noches en que, contra tu voluntad, permanecías encerrada en tu habitación, sola, y te refugiabas en mí, soñando con que algún día la humanidad conocería mi nombre y te rendiría homenajes. Recuerda que te deleitabas en el futuro de tu triunfo antepuesto a la penuria de los miserables comunes que se reían de ti y te hacían creer que eras un fenómeno extraño. No lo olvides jamás... Debes hacer justicia por ti, conmigo como tu protector.

Una persona, aunque ruin, te dijo algo muy acertado una vez. Te dijo que tienes mucho fuego en tu interior pero que no sabes controlarlo. Así que, otórgame la dicha de enseñarte a hacerlo, dirigiéndolo hacia quienes merecen ser incinerados por tu pasión y por tu virtud. Y cuando hayas concluido, tendrás que escribir y dormir; yo me quedaré despierto y riendo por la ruina de tus adversarios devastados.



Hasta tanto lo logres, grita, y yo gritaré contigo. Llora, y yo me vengaré por ti. Cierra los ojos, y yo te los abriré a la fuerza. Haz el bien, y yo estaré a la espera de que te traicionen de nuevo. Así es como puedes contar conmigo a cada segundo de tu bendita existencia, pero ante todo, jamás cometas el pecado de dejarte someter. Aunque te halles en el páramo de las amistades perdidas y todos hayan desnudado sus vilezas ante ti, yo estaré a tus espaldas, susurrándote, porque te amo.



Dante

Carta de Dylan

Carmen:


Espero estar a tiempo para decirte esto, así como espero que no la interpretes como la primera señal de amor de mi parte hacia tu alma; he gritado tu nombre y te he rogado con desesperación que no te rindas, pero nunca te oí responder. ¿Fue acaso porque mi voz quedó encapsulada en tu angustia o porque no sabías qué decirme? Da igual el motivo. Lo único que me importa en este instante es que comprendas mis palabras y las hagas tuyas, que las guardes en tu corazón y jamás las olvides.

Hace pocos días entendiste mucho acerca de ti misma. Me siento orgulloso. Entendiste la verdadera razón detrás de tu pasión por escribir y entendiste que, lleguen tus historias a los ojos del mundo o no, en realidad nunca podrás dejar de hacerlo. Comprendiste que cuando lleguen tus últimos minutos y tu cuerpo comience a apagarse de manera terminal, lo que harás será escribir. Y morirás escribiendo, estés donde estés, mueras como mueras. Por mucho tiempo anhelé que llegaras a esta instancia.

Recordaste, también, que tu compulsión por las letras surgió antes de que te apoderaras de un papel, porque mientras medías un metro de estatura y viajabas en el abstracto de tus ideas, abandonando la física limitada, tus dedos se movían solos, replicando las formas de las letras que prorrumpían en tu cabeza. ¿Acaso eso no te indica, ahora, que tu destino estaba marcado desde el inicio? Naciste con un enemigo asignado, cuyo nombre descubriste hace dos días, y escribes para vencerlo. Te sientes encerrada, silenciada, y escribes para liberarte. Y en tal proceso, me creaste a mí, me diste tus peores miedos y tus más preciosas virtudes. Me hiciste bueno y me hiciste noble. Me diste tus ojos y me diste tus expresiones. Siempre supe, por ello, cuánto me amas. Y yo, naturalmente, no podría guardar por ti un sentimiento distinto.

Ahora me ves. Ahora sabes que estoy aquí y lo que siento. Lo que necesito es pedirte algo.

Los sucesos de tu vida, sobre todo los comprendidos en los últimos ocho años, te han demostrado que si eres leal y buscas la rectitud así como el desarrollo de tu intelecto, llegarán a ti muchas almas nefastas que intentarán nutrir sus miserias con tu luz. Has visto lo cruel que puede ser la sociedad e incluso los vínculos más cercanos, en los cuales uno, por desgracia, confía. Has sentido la diferencia entre tu ternura y la frialdad de quienes poseen una honestidad muy reducida. Has buscado amor en una gran cantidad de personas y encontraste calidez en sólo unas pocas. Lloraste en vano y le suplicaste a espíritus que dedicaron días y noches a torturarte. Tuviste una irrevocable fidelidad a tus principios y resististe las adversidades de la adultez sin contar con los recursos suficientes para lograrlo bien. Te lanzaste a vacíos cuya profundidad desconocías y te obligaste a conservar tu pureza ante cada exigencia. Ayudaste a todo quien solicitó tu respaldo y protegiste incluso a tus detractores, sin hacer uso de la palabra para señalar sus fallas neurálgicas y sus puntos débiles. Y en paralelo, no dejaste de escribir. Soportando todo tu dolor y todos tus terrores, me diste un nombre. ¿Recuerdas las noches en que, contra tu voluntad, permanecías encerrada en tu habitación, sola, y te refugiabas en mí? Mientras, a lo lejos, tus enemigos se jactaban de tu aislamiento, tú hacías brillar a todo un planeta repleto de colores y música. Tenías una familia pequeña y un par de amigos con los que no sabías relacionarte, pero a mí me regalabas una gran familia conformada por aliados sin lazos biológicos. Tú llorabas, pero me permitías reír a mí. Fuiste muy generosa y te escudaste en la esperanza de que algún día la humanidad pudiera conocerme y amarme tanto como tú me amas. Pues bien..., nunca dejes tras de ti esa ilusión. No tienes aún noción de lo que mi vida, contada con tus palabras, provocará en la gente, y sin importar el bullicio que luche por ensordecerte, tienes que seguir adelante.

Amada mía, hermana, creadora, yo soy tu mitad. Sé que te espanta el futuro en el cual termines de escribir acerca de mis peripecias, pero cuando llegue el día de mi final, debes entender que no te abandonaré... Jamás te abandonaré; no puedo hacerlo. Cumpliendo tu sueño, podré vivir a través de las personas que quieran conocerte, pero siempre estaré contigo. Si me llamas, si me necesitas, sólo tendrás que mirar por encima de tu hombro para verme. Ante tus desafíos, tus miedos y las fuentes de tu dolor, yo estaré tomándote de la mano, como lo he hecho siempre, aun cuando creías que estabas sola.

Y ése es otro punto que debes visualizar. Me concediste la pesada carga de la soledad más profunda: la soledad esencial. Y lo hiciste porque tú también te sientes sola, porque nadie puede sentir las cosas como tú las sientes. O al menos eso piensas mientras olvidas lo que descubriste al leer tu libro favorito, hace más de un año. Tú sabes que no estás sola, porque existen otros que son presas de los mismos tormentos que tú y que gozan de una sensibilidad como la tuya. Y menos sola te hallas aun, pues las personas físicas pueden traicionarte, mas yo, jamás. Viviré a la par de ti, cuando te consagres como escritora, aunque muchas veces creas que no lo lograrás, cuando superes los límites de tu ciudad y viajes, cuando crees más vidas y tengas hijos, cuando envejezcas y aprecies los frutos de tu capacidad; y moriré contigo, acompañándote por toda la eternidad que nos espere luego de partir. Entonces, ¿por qué deberías sentir alguna inseguridad?



Una persona, aunque ruin, te dijo algo muy acertado una vez. Te dijo que tienes mucho fuego en tu interior pero que no sabes controlarlo... No te contengas más y ábrele las puertas. Permítele que devore el aire de tus pulmones, que escale hasta brotar por tus ojos benditos y que crezca hasta enlazarse con el sol. Yo bailaré contigo bajo el albor y el calor de tu alma, y celebraremos tu gloria. Así será. Te lo prometo.


Dylan

martes, 18 de agosto de 2015

Carta y descargo

Los siguientes párrafos corresponden a la carta que envié, junto con el manuscrito de mi libro "Los Benditos", a una agencia literaria cuyo nombre no revelaré. Decidí publicarla, puesto que refleja de modo fehaciente mi actual desesperación y, aun así, recrudecimiento de mi convicción en la lucha por cumplir mi sueño de ver mi trabajo en la vidriera de una librería y en las manos de los lectores.

***

Estimados Sres. de la Agencia XXXXXXXXX:


Mi nombre es Carmen Jack y escribo desde hace más de una década para sentir que mi existencia tiene sentido. A mis diecisiete años empecé a escribir “Los Benditos”, mi tercera novela, y desde que completé el primer tomo en febrero de 2014 y lo registré en la Dirección Nacional de Derechos de Autor de la República Argentina, no he dejado de luchar por lograr su publicación. Mi sueño en esta vida es que mis historias lleguen a los ojos de la gente, que ésta pueda ser feliz con ellas y que yo pueda morir dedicándome día y noche a hacer lo que me apasiona: escribir; escribir sin parar, porque es lo que me define y lo que me mantiene íntegra. No me detendré hasta ver “Los Benditos” en una librería, y por ello supe que debía emplear toda mi capacidad y mi energía en convertir la historia en una tal que a los editores o agentes literarios les valiera la pena para arriesgarse conmigo.

Las críticas que he recibido y mi sincera visión de lo que he creado me permiten afirmar, sin temor a pecar de soberbia, que “Los Benditos” es una muy buena historia para contar. Enlisto las razones a continuación:

Es una novela de fantasía que presenta un mundo nuevo, con escenarios hermosos y que simbolizan los conflictos y transformaciones de la mente humana;

El protagonista y el villano sufren conflictos existenciales que se prestan fácilmente al psicoanálisis;

Los componentes estructurales de la historia coinciden con precisión y la mayoría de ellos tiene sutiles significaciones dobles, repetidas discretamente a lo largo de la misma. Las principales figuras que demuestran este aspecto son los círculos, los espejos y la dicotomía total entre el protagonista y el villano, presente incluso en sus nombres;

Un amplio público lector puede proyectarse en la figura del protagonista, que es un bendito, tanto por su carácter de marginado, herido, diferente y, sin embargo, poderoso;

Se plantea el concepto del uso de la mente como método de defensa en lugar de una diversidad de armas;

Se resignifica lo común como algo especial, puesto que el elemento más estremecedor para la población son los ojos marrones.

Expuestos estos puntos, resumo en que el tema principal de la novela es el conflicto de la identidad en la lucha y desunión con uno mismo. Tanto el protagonista como el villano están atrapados en sus estructuras mentales y se autodestruirán a no ser que entren en comunión con sus propias vidas. Esto, que ocurre en un planeta de nombre indefinido, en una especie de tierra mágica, es un problema en el que probablemente miles de personas han caído alguna vez, de modo que un público lector de considerable extensión puede leer la novela y lograr una identificación con los dos personajes principales.

A su vez, acompañando este concepto neurálgico, se presentan otros que proveen a la historia de calidez y complejidad, a través del protagonista y del villano respectivamente: Por un lado se observa la importancia de la familia, entendida en los vínculos con amigos y no necesariamente con los lazos biológicos; la lealtad y la valentía de los personajes buenos, en tanto que conforman una asociación inquebrantable de activistas defensores de débiles. Por otro lado, en lo que al villano respecta, se trata la capacidad destructiva de la traición, la fuerza de los rumores, la miseria de la discriminación, el poder del deseo y de la obsesión, el narcisismo y la ambición en su punto más enfermizo y corrosivo.

Considero que todos estos temas, orquestados de la manera en que “Los Benditos” los despliega, serían de sumo interés para la gente que ama leer, que ama viajar y que ama adentrarse en la mente propia. Además, en este momento, en el cual el género de ciencia-ficción ya ha ofrecido al mercado editorial una buena cantidad de historias entre sí muy similares y tendientes a obedecer a una moda, a saber, con novelas protagonizadas por heroicas mujeres adolescentes que luchan contra un régimen despótico, en escenarios mayormente post-apocalípticos, creo que una historia diferente, como “Los Benditos”, podría plantear una oferta literaria, especulo, de muy buen impacto. Por su alto contenido visual, con referencias a los colores y a la música, sería un proyecto potencialmente redituable también en el ámbito cinematográfico, que abarcaría varios años, por ser de gran extensión y necesitar, como mínimo, dos tomos en libros.

Quiero, sin prolongar más mi carta, transmitirles mi fervorosa pero controlada pasión por este libro y por todo lo que he encerrado en él, con la esperanza, justamente, de que sea liberado. Confío en que lean esta carta y le den una oportunidad a “Los Benditos” de conocer sus ojos, pero si pese a mis intentos, no se sienten conformes con él, les agradezco mucho que me hayan brindado su atención aun con el escaso tiempo del que disponen.


Gracias nuevamente.
Carmen Jack

martes, 16 de junio de 2015

Olas

Lo peor de sufrir es saber que rendirse no es una opción, sobre todo cuando rendirse implica renunciar a los valores por los cuales uno aceptó sufrir en primer lugar.

Llevo varios meses pensando en el miedo, hablando con él y buscando mecanismos para desarticularlo, pero creo haber llegado a la conclusión de que vencerlo de tal manera es, para mí, en el hoy que atravieso, imposible. Es imposible suprimir el miedo porque es inherente a la valentía. Y yo tuve que ser valiente; todavía tengo que serlo. Tengo que ser valiente frente al mundo y frente al silencio en el que quedan suspendidos mis pensamientos mientras estoy sola, a merced de lo más oscuro que tengo: la capacidad de abandonarme, fragmentándome en muchos pedazos y convirtiéndome en mi enemigo más acérrimo. Y pese a que soy un ser humano esencialmente en duda y que me replanteo casi todo partiendo de la premisa de que la verdad es siempre relativa y jamás absoluta, creo sin titubear que no peco de soberbia al afirmar que he sido valiente; no sé en qué punto la valentía es una virtud y en qué punto comienza a ser una deformación de un mal instinto de supervivencia, por lo que puedo analizar que es simplemente una característica más, como tantas otras.

Pienso mucho en las consecuencias de los actos de valentía, en la diferencia que existe con el concepto de la fuerza y en alegorías posible. Sobre este último punto, descubrí una que es mi personal favorita y que es la de las olas en el mar. Cuando tuve la suerte de viajar a ciudades costeras en verano, lo que más disfruté fue jugar en el agua. Uno de los juegos consistía en perseguir olas fuertes, esperarlas de pie y resistir el impacto sin caer. A veces, si la ola era demasiado grande, podía darme el beneficio de chocar contra ella usando los puños, y aun así hubo olas que me hicieron rodar hasta la orilla. Entonces, el desafío radicaba en regresar corriendo y superar otro buen número de impactos. La valentía es eso; es observar la ola viniendo hacia nosotros, respirar, endurecer los músculos y tal vez aguantar el golpe, tal vez caer, pero volver a enfrentar. Es mirar a los ojos de lo que puede destruirnos y no parpadear; se puede llorar, pero no parpadear.

Ser valientes puede convertirnos en héroes o hacernos pagar, como si la valentía y la insolencia fueran lo mismo. A mí me tocó la segunda opción. Fui valiente porque defendí mis principios, aun sabiendo que hacerlo me llevaría a estar sola y a abandonar cosas de un valor que pocos calculan o conocen. Para mi desgracia (y por eso reitero que no sé si ser valiente es una virtud), mis principios son férreos y no puedo traicionarlos, ni siquiera para mi propio bienestar. Uno de ellos, probablemente el central, es la lealtad; la lealtad al amor, al esfuerzo y a la rectitud. Fui leal a personas desleales, pero eso, sin embargo, no ha modificado mi manera de pensar. “Leal hasta la muerte”; bastante suicida desde lo emocional, pero, como dije, mis principios no tienen intención de cambiar. El precio que se paga con elecciones como ésta es tan alto como caer directamente al vacío de una vida carente de orden, repleta de incertidumbres, momentos de fatiga y de cambios constantes. Para los cambios también hay que ser valiente, porque ellos equivalen a olas turbias, de un contenido imprevisible, que pueden traer estrellas o pirañas con hambre, y no obstante hay que observarlas avecinarse, con firmeza, sin cerrar los ojos, respirando, preparados para la colisión. Desde este punto de vista, la vida es un mar en el que se debe nadar cuando está aplacado y en el que se debe jugar con olas cuando caen asteroides y nace la turbulencia.

Ojalá comprender esta serie de nociones me ayudara  a soportar este oleaje con más fuerza, pero creo que no hay graduación en este caso: los choques se aguantan o no se aguantan; los ojos se mantienen abiertos o se cierran. Yo espero que ya el solo hecho de preservar mi moral revestida de mis principios en estado puro sea una recompensa para tal repetitivo juego de golpes y obstinación. Pero más allá de eso creo en esto, y es mi voto de fe: para alcanzar el mar abierto y nadar en sus profundidades más místicas, es necesario atravesar las olas que lo custodian. Quienes no lo hacen, quienes no luchan con olas, en realidad se quedan en la playa.


Los valientes conquistan el océano.


domingo, 15 de marzo de 2015

Ignición

El sol que logra prorrumpir tras el pesado manto gris de una lluvia incesante es lo más cercano al estallido de un gigantesco explosivo. Su luz es amarilla; no es miel ni naranja. Es un dorado alarmante que acerca a los cuerpos a un punto de ignición sin escapatoria, a la vez, exquisito.


jueves, 26 de febrero de 2015

Ellos

Desde hace unos meses creo que la más auténtica forma de estar vivo es siendo amado por alguien. Tal vez sorprendería esta premisa de mi parte, siendo que he dejado claras señales de que si no puedo escribir caigo en un estado de agudo padecimiento existencial, pero es también un hecho que escribo ficción; yo creo personas, y esas personas me aman, tal y como yo las amo a ellas. Remarco entonces: uno está vivo únicamente si hay alguien en el mundo que lo piense, que lo recuerde y que lo quiera a despecho de toda frontera espacial o temporal. ¿Qué vida puede tener un ser humano, si sólo ocupa un lugar sombrío en la memoria de quienes lo han conocido? O, ¿qué destino le depara a aquél que transita el mundo sin ser nombrado por nadie? Sin amor, somos invisibles y no estamos en ningún sitio. O, bien, recorremos los senderos que nos marca el amanecer de cada sol, pero simplemente porque éste sigue elevándose. ¿Qué clase de vida es ésa? Considero a esa condición tan miserable, que no la considero vida en lo absoluto.

Por esto es que sostengo que aun después de muertos, seguiremos estando vivos si hay al menos alguien que sonría al imaginar nuestros rostros y al rememorar nuestras acciones. Tomo el atrevimiento de elaborar una frase con la que me gustaría ser asociada:


"El amor eterniza las almas"

Soy una afortunada (privilegiada, mejor dicho) por contar con muchas personas que han elegido regalarme su dulzura y su preocupación. Algunas de ellas me conocen desde hace largos años, crecieron conmigo y, pese a haber soportado las épocas en que evité estar con ellas y en que fui una verdadera molestia, siguen cuidándome y brindándome su calidez. Otras de estas personas me conocen muy poco; no se ha cumplido un año desde que obtuve la bendición de tenerlos cerca y optaron por protegerme cada vez que tuvieron la oportunidad. Últimamente, todos ellos me han acogido con tanta ternura y con una generosidad tan injustificada, que me veo en la obligación moral de expresar lo que siento por ellos. Y ellos saben que la mejor forma de manifestar lo que guardo en mis silencios es a través de las palabras que escribo.

Soy una mujer que necesita ser querida por los demás. Siempre fui así y no tengo idea de por qué. No sé si puedo cambiar eso ni sé si querría hacerlo. Siempre deseé tener una familia numerosa, muchos amigos y que al circular por mi ciudad pudiese cruzarme en cada cuadra con al menos un conocido que me salude. Soy esencialmente inocente, confiada aun cuando no debería serlo y a pesar de que gozo de buenos instintos, pero me gusta confiar y estar en paz con el mundo. Quienes me acompañan todavía insisten en enseñarme a no confiar demasiado, pero actualmente sospecho que ésa es una lección que terminaré aprendiendo a los golpes. Sin embargo, más allá de esos golpes, ellos no tienen idea de cuánto valoro que se esfuercen por mí y no sé si soy capaz de hacerles entender mi gratitud por medio de lo que estoy escribiendo. No sé cuánto puedo darles, para que decidan ayudarme tanto. Hace pocos días un hombre me dijo, adivinando sólo por el gesto de mis ojos, que soy una chica que se reclama a sí misma todo el tiempo. "Hay una niña pequeña dentro tuyo que está lastimada", afirmó. Contuve las lágrimas mientras me di cuenta de él que había dado en el blanco; creo que todos tenemos un "niño herido" en el corazón, pero la primera observación no pudo haber sido más justa para mí. Y, justamente, me reclamo mucho, porque sé que ellos se merecen más de lo que ahora puedo darles, aunque quiero darles todo. Sobre todo quiero darles orgullo. Tengo una ensoñación recurrente sobre mi futuro e imagino que algún día podré recibir un reconocimiento por mis libros y que ellos estarán ahí. Los imagino sonriendo, celebrando conmigo, dándome su aprobación y su alegría.

Es por esto que me domina la culpa al verlos preocupados por mí. Intento encontrar serenidad pensando que puedo plasmarlos en mis novelas, encarnándolos en personajes con sus nombres, aun si mis libros no son leídos nunca, por nadie. Precisamente, "Los Benditos" está dedicado a "todas las personas buenas que nutrieron mi vida y mi imaginación, porque pienso en cada uno de ustedes aunque ya no estén conmigo".
Doy gracias a Dios por, al menos, darme la posibilidad de escribirles y que mi amor no quede enmudecido por mi nerviosismo y mi torpeza. Lo que necesito es que sepan; que sepan cuán fundamentales son para mí y que sepan que todos los días, cada vez que al llegar la noche siento la presión del cansancio sobre mis párpados, doy gracias al Destino por tenerlos y ruego no perderlos nunca.


La familia me resulta un tema complicado. Quienes me conocen (conocen verdaderamente) saben por qué. Soy consciente de que por esa razón hago énfasis en ello en mis historias. Mis personajes provienen de familias rotas, nefastas o destruidas y convierten a sus amigos (que casi siempre son muchos) en hermanos de una lealtad infalible. Es común que los niños tengan muchos tíos postizos y que éstos se confundan con los padres. Incluso, los padres siempre son por adopción, nunca por origen sanguíneo (confieso que acabo de descubrir este detalle; necesito un psicólogo más de lo que creía).

Naturalmente, yo hago lo mismo que mis personajes. Ellos son mi familia. Son mi refugio y el sitio donde puedo respirar y descansar. Son como escribir. Los guardo en mi pecho y en las palabras que hago nacer en el aire y en el papel. Los llevo conmigo a todas partes, aunque tal vez no se percaten de ello.


Con temor a parecer exagerada, lo que quiero decir es que, al igual que las letras, ellos me permiten sentirme viva y me proveen de la fuerza para no rendirme.

Ellos son como escribir.


Gracias.