jueves, 26 de febrero de 2015

Ellos

Desde hace unos meses creo que la más auténtica forma de estar vivo es siendo amado por alguien. Tal vez sorprendería esta premisa de mi parte, siendo que he dejado claras señales de que si no puedo escribir caigo en un estado de agudo padecimiento existencial, pero es también un hecho que escribo ficción; yo creo personas, y esas personas me aman, tal y como yo las amo a ellas. Remarco entonces: uno está vivo únicamente si hay alguien en el mundo que lo piense, que lo recuerde y que lo quiera a despecho de toda frontera espacial o temporal. ¿Qué vida puede tener un ser humano, si sólo ocupa un lugar sombrío en la memoria de quienes lo han conocido? O, ¿qué destino le depara a aquél que transita el mundo sin ser nombrado por nadie? Sin amor, somos invisibles y no estamos en ningún sitio. O, bien, recorremos los senderos que nos marca el amanecer de cada sol, pero simplemente porque éste sigue elevándose. ¿Qué clase de vida es ésa? Considero a esa condición tan miserable, que no la considero vida en lo absoluto.

Por esto es que sostengo que aun después de muertos, seguiremos estando vivos si hay al menos alguien que sonría al imaginar nuestros rostros y al rememorar nuestras acciones. Tomo el atrevimiento de elaborar una frase con la que me gustaría ser asociada:


"El amor eterniza las almas"

Soy una afortunada (privilegiada, mejor dicho) por contar con muchas personas que han elegido regalarme su dulzura y su preocupación. Algunas de ellas me conocen desde hace largos años, crecieron conmigo y, pese a haber soportado las épocas en que evité estar con ellas y en que fui una verdadera molestia, siguen cuidándome y brindándome su calidez. Otras de estas personas me conocen muy poco; no se ha cumplido un año desde que obtuve la bendición de tenerlos cerca y optaron por protegerme cada vez que tuvieron la oportunidad. Últimamente, todos ellos me han acogido con tanta ternura y con una generosidad tan injustificada, que me veo en la obligación moral de expresar lo que siento por ellos. Y ellos saben que la mejor forma de manifestar lo que guardo en mis silencios es a través de las palabras que escribo.

Soy una mujer que necesita ser querida por los demás. Siempre fui así y no tengo idea de por qué. No sé si puedo cambiar eso ni sé si querría hacerlo. Siempre deseé tener una familia numerosa, muchos amigos y que al circular por mi ciudad pudiese cruzarme en cada cuadra con al menos un conocido que me salude. Soy esencialmente inocente, confiada aun cuando no debería serlo y a pesar de que gozo de buenos instintos, pero me gusta confiar y estar en paz con el mundo. Quienes me acompañan todavía insisten en enseñarme a no confiar demasiado, pero actualmente sospecho que ésa es una lección que terminaré aprendiendo a los golpes. Sin embargo, más allá de esos golpes, ellos no tienen idea de cuánto valoro que se esfuercen por mí y no sé si soy capaz de hacerles entender mi gratitud por medio de lo que estoy escribiendo. No sé cuánto puedo darles, para que decidan ayudarme tanto. Hace pocos días un hombre me dijo, adivinando sólo por el gesto de mis ojos, que soy una chica que se reclama a sí misma todo el tiempo. "Hay una niña pequeña dentro tuyo que está lastimada", afirmó. Contuve las lágrimas mientras me di cuenta de él que había dado en el blanco; creo que todos tenemos un "niño herido" en el corazón, pero la primera observación no pudo haber sido más justa para mí. Y, justamente, me reclamo mucho, porque sé que ellos se merecen más de lo que ahora puedo darles, aunque quiero darles todo. Sobre todo quiero darles orgullo. Tengo una ensoñación recurrente sobre mi futuro e imagino que algún día podré recibir un reconocimiento por mis libros y que ellos estarán ahí. Los imagino sonriendo, celebrando conmigo, dándome su aprobación y su alegría.

Es por esto que me domina la culpa al verlos preocupados por mí. Intento encontrar serenidad pensando que puedo plasmarlos en mis novelas, encarnándolos en personajes con sus nombres, aun si mis libros no son leídos nunca, por nadie. Precisamente, "Los Benditos" está dedicado a "todas las personas buenas que nutrieron mi vida y mi imaginación, porque pienso en cada uno de ustedes aunque ya no estén conmigo".
Doy gracias a Dios por, al menos, darme la posibilidad de escribirles y que mi amor no quede enmudecido por mi nerviosismo y mi torpeza. Lo que necesito es que sepan; que sepan cuán fundamentales son para mí y que sepan que todos los días, cada vez que al llegar la noche siento la presión del cansancio sobre mis párpados, doy gracias al Destino por tenerlos y ruego no perderlos nunca.


La familia me resulta un tema complicado. Quienes me conocen (conocen verdaderamente) saben por qué. Soy consciente de que por esa razón hago énfasis en ello en mis historias. Mis personajes provienen de familias rotas, nefastas o destruidas y convierten a sus amigos (que casi siempre son muchos) en hermanos de una lealtad infalible. Es común que los niños tengan muchos tíos postizos y que éstos se confundan con los padres. Incluso, los padres siempre son por adopción, nunca por origen sanguíneo (confieso que acabo de descubrir este detalle; necesito un psicólogo más de lo que creía).

Naturalmente, yo hago lo mismo que mis personajes. Ellos son mi familia. Son mi refugio y el sitio donde puedo respirar y descansar. Son como escribir. Los guardo en mi pecho y en las palabras que hago nacer en el aire y en el papel. Los llevo conmigo a todas partes, aunque tal vez no se percaten de ello.


Con temor a parecer exagerada, lo que quiero decir es que, al igual que las letras, ellos me permiten sentirme viva y me proveen de la fuerza para no rendirme.

Ellos son como escribir.


Gracias.