martes, 16 de junio de 2015

Olas

Lo peor de sufrir es saber que rendirse no es una opción, sobre todo cuando rendirse implica renunciar a los valores por los cuales uno aceptó sufrir en primer lugar.

Llevo varios meses pensando en el miedo, hablando con él y buscando mecanismos para desarticularlo, pero creo haber llegado a la conclusión de que vencerlo de tal manera es, para mí, en el hoy que atravieso, imposible. Es imposible suprimir el miedo porque es inherente a la valentía. Y yo tuve que ser valiente; todavía tengo que serlo. Tengo que ser valiente frente al mundo y frente al silencio en el que quedan suspendidos mis pensamientos mientras estoy sola, a merced de lo más oscuro que tengo: la capacidad de abandonarme, fragmentándome en muchos pedazos y convirtiéndome en mi enemigo más acérrimo. Y pese a que soy un ser humano esencialmente en duda y que me replanteo casi todo partiendo de la premisa de que la verdad es siempre relativa y jamás absoluta, creo sin titubear que no peco de soberbia al afirmar que he sido valiente; no sé en qué punto la valentía es una virtud y en qué punto comienza a ser una deformación de un mal instinto de supervivencia, por lo que puedo analizar que es simplemente una característica más, como tantas otras.

Pienso mucho en las consecuencias de los actos de valentía, en la diferencia que existe con el concepto de la fuerza y en alegorías posible. Sobre este último punto, descubrí una que es mi personal favorita y que es la de las olas en el mar. Cuando tuve la suerte de viajar a ciudades costeras en verano, lo que más disfruté fue jugar en el agua. Uno de los juegos consistía en perseguir olas fuertes, esperarlas de pie y resistir el impacto sin caer. A veces, si la ola era demasiado grande, podía darme el beneficio de chocar contra ella usando los puños, y aun así hubo olas que me hicieron rodar hasta la orilla. Entonces, el desafío radicaba en regresar corriendo y superar otro buen número de impactos. La valentía es eso; es observar la ola viniendo hacia nosotros, respirar, endurecer los músculos y tal vez aguantar el golpe, tal vez caer, pero volver a enfrentar. Es mirar a los ojos de lo que puede destruirnos y no parpadear; se puede llorar, pero no parpadear.

Ser valientes puede convertirnos en héroes o hacernos pagar, como si la valentía y la insolencia fueran lo mismo. A mí me tocó la segunda opción. Fui valiente porque defendí mis principios, aun sabiendo que hacerlo me llevaría a estar sola y a abandonar cosas de un valor que pocos calculan o conocen. Para mi desgracia (y por eso reitero que no sé si ser valiente es una virtud), mis principios son férreos y no puedo traicionarlos, ni siquiera para mi propio bienestar. Uno de ellos, probablemente el central, es la lealtad; la lealtad al amor, al esfuerzo y a la rectitud. Fui leal a personas desleales, pero eso, sin embargo, no ha modificado mi manera de pensar. “Leal hasta la muerte”; bastante suicida desde lo emocional, pero, como dije, mis principios no tienen intención de cambiar. El precio que se paga con elecciones como ésta es tan alto como caer directamente al vacío de una vida carente de orden, repleta de incertidumbres, momentos de fatiga y de cambios constantes. Para los cambios también hay que ser valiente, porque ellos equivalen a olas turbias, de un contenido imprevisible, que pueden traer estrellas o pirañas con hambre, y no obstante hay que observarlas avecinarse, con firmeza, sin cerrar los ojos, respirando, preparados para la colisión. Desde este punto de vista, la vida es un mar en el que se debe nadar cuando está aplacado y en el que se debe jugar con olas cuando caen asteroides y nace la turbulencia.

Ojalá comprender esta serie de nociones me ayudara  a soportar este oleaje con más fuerza, pero creo que no hay graduación en este caso: los choques se aguantan o no se aguantan; los ojos se mantienen abiertos o se cierran. Yo espero que ya el solo hecho de preservar mi moral revestida de mis principios en estado puro sea una recompensa para tal repetitivo juego de golpes y obstinación. Pero más allá de eso creo en esto, y es mi voto de fe: para alcanzar el mar abierto y nadar en sus profundidades más místicas, es necesario atravesar las olas que lo custodian. Quienes no lo hacen, quienes no luchan con olas, en realidad se quedan en la playa.


Los valientes conquistan el océano.