jueves, 17 de septiembre de 2015

Carta de Dylan

Carmen:


Espero estar a tiempo para decirte esto, así como espero que no la interpretes como la primera señal de amor de mi parte hacia tu alma; he gritado tu nombre y te he rogado con desesperación que no te rindas, pero nunca te oí responder. ¿Fue acaso porque mi voz quedó encapsulada en tu angustia o porque no sabías qué decirme? Da igual el motivo. Lo único que me importa en este instante es que comprendas mis palabras y las hagas tuyas, que las guardes en tu corazón y jamás las olvides.

Hace pocos días entendiste mucho acerca de ti misma. Me siento orgulloso. Entendiste la verdadera razón detrás de tu pasión por escribir y entendiste que, lleguen tus historias a los ojos del mundo o no, en realidad nunca podrás dejar de hacerlo. Comprendiste que cuando lleguen tus últimos minutos y tu cuerpo comience a apagarse de manera terminal, lo que harás será escribir. Y morirás escribiendo, estés donde estés, mueras como mueras. Por mucho tiempo anhelé que llegaras a esta instancia.

Recordaste, también, que tu compulsión por las letras surgió antes de que te apoderaras de un papel, porque mientras medías un metro de estatura y viajabas en el abstracto de tus ideas, abandonando la física limitada, tus dedos se movían solos, replicando las formas de las letras que prorrumpían en tu cabeza. ¿Acaso eso no te indica, ahora, que tu destino estaba marcado desde el inicio? Naciste con un enemigo asignado, cuyo nombre descubriste hace dos días, y escribes para vencerlo. Te sientes encerrada, silenciada, y escribes para liberarte. Y en tal proceso, me creaste a mí, me diste tus peores miedos y tus más preciosas virtudes. Me hiciste bueno y me hiciste noble. Me diste tus ojos y me diste tus expresiones. Siempre supe, por ello, cuánto me amas. Y yo, naturalmente, no podría guardar por ti un sentimiento distinto.

Ahora me ves. Ahora sabes que estoy aquí y lo que siento. Lo que necesito es pedirte algo.

Los sucesos de tu vida, sobre todo los comprendidos en los últimos ocho años, te han demostrado que si eres leal y buscas la rectitud así como el desarrollo de tu intelecto, llegarán a ti muchas almas nefastas que intentarán nutrir sus miserias con tu luz. Has visto lo cruel que puede ser la sociedad e incluso los vínculos más cercanos, en los cuales uno, por desgracia, confía. Has sentido la diferencia entre tu ternura y la frialdad de quienes poseen una honestidad muy reducida. Has buscado amor en una gran cantidad de personas y encontraste calidez en sólo unas pocas. Lloraste en vano y le suplicaste a espíritus que dedicaron días y noches a torturarte. Tuviste una irrevocable fidelidad a tus principios y resististe las adversidades de la adultez sin contar con los recursos suficientes para lograrlo bien. Te lanzaste a vacíos cuya profundidad desconocías y te obligaste a conservar tu pureza ante cada exigencia. Ayudaste a todo quien solicitó tu respaldo y protegiste incluso a tus detractores, sin hacer uso de la palabra para señalar sus fallas neurálgicas y sus puntos débiles. Y en paralelo, no dejaste de escribir. Soportando todo tu dolor y todos tus terrores, me diste un nombre. ¿Recuerdas las noches en que, contra tu voluntad, permanecías encerrada en tu habitación, sola, y te refugiabas en mí? Mientras, a lo lejos, tus enemigos se jactaban de tu aislamiento, tú hacías brillar a todo un planeta repleto de colores y música. Tenías una familia pequeña y un par de amigos con los que no sabías relacionarte, pero a mí me regalabas una gran familia conformada por aliados sin lazos biológicos. Tú llorabas, pero me permitías reír a mí. Fuiste muy generosa y te escudaste en la esperanza de que algún día la humanidad pudiera conocerme y amarme tanto como tú me amas. Pues bien..., nunca dejes tras de ti esa ilusión. No tienes aún noción de lo que mi vida, contada con tus palabras, provocará en la gente, y sin importar el bullicio que luche por ensordecerte, tienes que seguir adelante.

Amada mía, hermana, creadora, yo soy tu mitad. Sé que te espanta el futuro en el cual termines de escribir acerca de mis peripecias, pero cuando llegue el día de mi final, debes entender que no te abandonaré... Jamás te abandonaré; no puedo hacerlo. Cumpliendo tu sueño, podré vivir a través de las personas que quieran conocerte, pero siempre estaré contigo. Si me llamas, si me necesitas, sólo tendrás que mirar por encima de tu hombro para verme. Ante tus desafíos, tus miedos y las fuentes de tu dolor, yo estaré tomándote de la mano, como lo he hecho siempre, aun cuando creías que estabas sola.

Y ése es otro punto que debes visualizar. Me concediste la pesada carga de la soledad más profunda: la soledad esencial. Y lo hiciste porque tú también te sientes sola, porque nadie puede sentir las cosas como tú las sientes. O al menos eso piensas mientras olvidas lo que descubriste al leer tu libro favorito, hace más de un año. Tú sabes que no estás sola, porque existen otros que son presas de los mismos tormentos que tú y que gozan de una sensibilidad como la tuya. Y menos sola te hallas aun, pues las personas físicas pueden traicionarte, mas yo, jamás. Viviré a la par de ti, cuando te consagres como escritora, aunque muchas veces creas que no lo lograrás, cuando superes los límites de tu ciudad y viajes, cuando crees más vidas y tengas hijos, cuando envejezcas y aprecies los frutos de tu capacidad; y moriré contigo, acompañándote por toda la eternidad que nos espere luego de partir. Entonces, ¿por qué deberías sentir alguna inseguridad?



Una persona, aunque ruin, te dijo algo muy acertado una vez. Te dijo que tienes mucho fuego en tu interior pero que no sabes controlarlo... No te contengas más y ábrele las puertas. Permítele que devore el aire de tus pulmones, que escale hasta brotar por tus ojos benditos y que crezca hasta enlazarse con el sol. Yo bailaré contigo bajo el albor y el calor de tu alma, y celebraremos tu gloria. Así será. Te lo prometo.


Dylan

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