lunes, 7 de diciembre de 2015

Brindis

Aun siendo mucho más joven, hace poco menos de una década, y a medio camino de una experiencia desagradable que arrastró el peso de todo un año y de algunas pérdidas irremediables, supe que olvidar el dolor no sería jamás una salida viable. Me parecía mucho más valioso vivir el sufrimiento con plena consciencia a fin de, con su poder disciplinario, evolucionar de manera progresiva. En la misma línea de criterio, si tuviera la posibilidad de regresar al inicio de este año y elegir entre volver a vivirlo o no, optaría por hacerlo sin duda alguna.


Lo que separa a mi anterior artículo,"Contradicción", de éste es la decantación de todo aquello que incorporé en los meses de octubre y noviembre... Bendita decantación y bendito progreso; podría llorar de emoción por no contar con la posibilidad de gritarle al cielo que he encontrado una mina de oro debajo de mi cama cuando pensaba que sólo había polvo.

La felicidad es un concepto mucho más complejo del que se tiene noción. Es una instancia de iluminación espiritual que puede alcanzarse incluso estando rodeado de conflictos y en una condición de perplejidad sin precedentes. Se puede sonreír en la oscuridad y reír cuando no hay nadie que pueda oírnos. Y en esa felicidad se encierra la libertad más placentera, en el más amplio sentido de la palabra.

Se puede decir que felicidad, libertad y evolución son pilares que conforman el éxito de la conquista del mundo, pues no necesariamente quien porta un título honorífico, quien derroca a un rey o quien es el máximo referente de las masas puede considerarse un conquistador. Y no avanzo sobre esta reflexión para no exponer las líneas más bellas de mi novela “Los Benditos”, que se ha nutrido de a toneladas con lo que viví este arduo año.

Queda claro para quien lea mi trabajo que mi forma de escribir por fuera de las novelas oscila entre el discurso confesionario y la narración nostálgica de una filosofía en vías de construcción, en un monólogo sin testigos. Por ello, seguramente sería más práctico al lector que fuera precisa con respecto a lo que enfrenté entre el mes de enero y el mes de noviembre.  Pues, no seré precisa; seré sutil; soy una dama, después de todo.

Asistí, ante todo, a la comprobación de que la lealtad es un valor muy escaso, con el que nadie debería contar, y lo dice una mujer que ha sido leal hasta a sus enemigos en escenarios peripatéticos tan sólo por la necesidad de conservar el honor. En mi silenciosa tolerancia, llevé a mi cuerpo a un límite peligroso y del que pude alejarme sólo cuando reconocí que pelear, siendo invisible, era un emprendimiento de lo más inútil. Comprobé que cuento con el privilegio de amistades de enorme valor, refiriéndome, en especial, a una mujer en particular, que demostró una generosidad inaudita y a la que nunca terminaré de rendirle suficientes honores. Fui testigo de la velocidad a que una persona puede desestimar por completo lo que es en realidad su mayor posesión y cometer errores ignorando, por egoísmo puro, los efectos colaterales de sus decisiones. Fui aquejada por la decepción. Logré atisbar la verdadera naturaleza de personas que sabían camuflarse bien y volví a corroborar los alcances de la miseria. Soporté menosprecio y agaché la cabeza por necesidad, pero conocí seres estrambóticos que fueron la excepción a la regla (unos santiagueños desprendidos y de gran elocuencia, contándose entre ellos un detector de ángeles y un artista multifacético). Caí en la desilusión repetida y continué escribiendo mi novela en un viejo bar de mi ciudad. Avancé contra pronósticos nebulosos, cargando con una fatiga mental y con un dolor que llegué a aborrecer, mas sin caer nunca. Fui analizada con parámetros injustos y callé para no herir a nadie..., mientras me herían sin reparos. Fui piadosa con quienes no lo merecían y con quienes carecen de honor. Perdí las esperanzas y las reconstruí en base a mi propia energía y a mi voluntad incorruptible. Lloré sin consuelo y apreté los dientes hasta sentir que se me rompían. Deseé, por efímeros momentos, no cargar con la cruz de tener que pensar a un ritmo vertiginoso permanentemente, pero recordé a los individuos que, en el pasado, me aconsejaban no pensar e invocaban en mí altos grados de irritación. Hice carne lo que dijo Descartes. Enfrenté los frutos de mi propia represión y encontré más pobreza ajena. Conocí a un hombre delirante pero que me dijo lo que nadie me decía, que me contó secretos del universo y me ayudó a encontrar mis raíces. Edifiqué mis verdades y constaté tanto la profundidad de mis valores como la extensión de mi fuerza. Vi a través de la gente. Crucé las fronteras de mi país y me adentré en un paraíso con la compañía de nadie más que mi fe y mi instinto. Toqué la plenitud. Aprendí sobre las ardides de la política de mi localidad y he pensado que ello es una mecánica que se presenta en todas las esferas de la vida en sociedad; todo es depredación, miedo subyacente, mentiras, poder real contra poder desmigajado, astucia, víctimas justas entre débiles víctimas injustas, un baile brutal pero sumamente divertido que se orquesta en un caos reiterado. Descubrí enigmas que tenía escondidos en los vericuetos de mi mente y confirmé teorías sobre mi designio en esta vida.

Atravesé oscuridades que sólo algunos se atreven a explorar y, con ellas, me tejí un vestido largo.

***


Como reflejo espontáneo, todos huimos de las fuentes de  los problemas, del pesar y del miedo, pero una vida libre de crisis y desmoronamientos difícilmente permita una evolución pronunciada en un espíritu. Los poetas tienen razón cuando declaran que sólo del sufrimiento y de la tragedia nacen los artistas... La única vacilación en que tropiezo es en la imposibilidad de responderme si es que todos pueden levantarse de entre el fuego que los consumió una vez. Desearía que la humanidad entera pudiera vivir esa transformación. Es un camino tan espinoso como recomendable. Es una reforma que radica en despojarse de la tensión permanente, de la falla sistemática que degrada la energía propia por el desgaste reiterado. Por sobre todos los refranes vacíos y bastardeados de la gente que nunca fue testigo del dolor real y que jamás comprendería el más auténtico significado de la soledad, esta conquista supone la real destrucción de las cadenas que creaban dependencia con respecto a las cosas menos importantes de una vida repleta de incertidumbres. Es el dominio de la ira, en su conversión hacia un motor feroz e inagotable. Y en el final, la soledad como forma de vida cambia de sentido. Deja de ser la realidad terrenal menos deseada para revelarse como la verdad de base de la dinámica cósmica y el germen de la más férrea seguridad; al menos así lo fue en mi caso.

A veces puede aflorar un sentimiento de lástima por auto-compasión, por considerar una picardía que, guardando tanto para decir, no haya quien quiera escuchar, pero esa emoción es rápidamente descartable y de duración breve. Es, en cierto sentido, una señal de vitalidad y de salud, una conexión con la inocencia del nacimiento y que sobrevive pese a tantas duras ecuaciones resueltas, garantizando que no se ha caído en una enajenación del alma.

Aquí dedico mi gratitud a todos los individuos, amigos y enemigos, que abusaron de mi pacifismo e inspiraron en mí los más altos niveles de desprecio y de indignación que jamás he sentido producto del efecto de la acumulación, pues ello fue el puntapié inicial para que, al día corriente, goce de la libertad de no necesitar el amor de los otros. Esto ha sido un viaje a bordo de una nave en la que se detonaron contiendas y en la que reinó la algarabía pero que desembarcó en un puerto donde el placer era el último hallazgo. Con orgullo, puedo aseverar que he tirado por la borda mi debilidad y he descubierto lo que latía dentro de mi pecho. Y he puesto esto a prueba a fin de estar segura de su constancia. Estoy preparada para lo que deba ocurrir.


Por estas cosas es que al ejecutar un acto tan simple y vano como cambiar el año del calendario haré un brindis excepcional. En la última noche, miraré al cielo, pensaré en mí, en quien fui, en quien soy, y daré las gracias. Acariciaré a mis demonios, que ahora están alineados conmigo y que son mis mejores amigos, y sonreiré.