martes, 15 de marzo de 2016

Uniones

Creo que sería éste un buen momento para poner en palabras lo que estoy pensando desde hace un tiempo. De tal forma, podré capturar lo que he llegado a descubrir y a comprender, eludiendo el efecto arrasador del tiempo y de los cambios de la vida terrenal, que nos despojan tan fácilmente de las instancias de iluminación pese a su superficialidad.

No he de permitirme sentir por mis transformaciones alguna cosa distinta del orgullo, aun cuando insisto en que habría hecho de un modo diferente numerosas cosas ya transcurridas. He atravesado tantas etapas evolutivas en mi mente como personas que he conocido, las buenas y las mediocres. Y lo realmente hermoso de eso es que pude deslizarme entre tanta gente luego de años de aislamiento y de un convencimiento absoluto sobre mi incapacidad para vincularme con los demás, sobre todo con mis pares, lo que me legó un sentimiento de baja auto estima por no poder encajar en ningún lugar que me parecía normal. Entre las diversas razones por que empecé a escribir a mis doce años de edad, se encuentra este hecho al que hago mención. Para quien es tan difícil sentir que puede hacer amigos, para quien no logra entablar los mismos códigos de convivencia con otros, crear mundos alternativos con individuos que saben todos y cada uno de sus secretos y se funden con él en alianzas tan poderosas como la hermandad aun en casos de rivalidad, es la mejor de las salidas a esa soledad. Este concepto me ha acompañado en todas las historias que escribí, tanto cuentos como novelas o poesías, tan sólo porque a lo largo de mi vida he sentido a diario la soledad de quien, pese a muchas veces estar rodeado de personas, se sabe lo suficientemente diferente como para que nunca lleguen a comprenderlo bien o a amar las cosas que uno ama, algo que sería desarticulable con la lógica de un alma que quisiera luchar más por ser feliz, pero que, con el correr del tiempo, va mellando con intensidad en las aristas más frágiles de un ser. Un ser que, en aditamento, carga con la incertidumbre de saberse imperfecto en la búsqueda de la evolución máxima y de la iluminación en un mundo muy limitado.

Esto no es fácil ni de vivir ni de pensar. Sin embargo, creo con firmeza en los valores auténticos de un espíritu por debajo de todos los frutos de las experiencias. He odiado, Dios sabe que lo hice, me dejé invadir por el rencor y el desprecio más oscuros e incluso sentí que no necesitaba del amor de nadie para seguir adelante, una idea de lo más trágica, notablemente. Me puse a prueba, encerrando todos los compartimentos de mi intelecto en que esperaba depositar el amor de la gente que conocía, e imaginé las facilidades de una vida marcada por la libertad de no depender de los demás, y aunque lo logré con claridad, fue evidente para mí que el paisaje que vi no me resultó digno de atravesar... En tal punto, recibí una buena noticia, tomé determinaciones, una persona extraña me respaldó, escarbé en la historia de mis antepasados, establecí un contacto directo con mi esencia y luego me despedí de los recuerdos más duros que tenía, perdonando muchas cosas que no merecían genuino perdón, entendiendo que la justicia es para todos, para bien o para mal, y empleando el silencio como escudo contra la miseria de quienes siguen perdidos. Encontré esperanza entre las cenizas de lo que mi furia había incinerado y debo hacer hoy las paces con la verdad irrefutable de que amo ayudar a las personas. Sé que me invade la vitalidad de saberme capaz de llevarle alegría o serenidad a aquellos que están asustados o que aún no conocieron cosas que yo vi en mi viaje. Y sólo tengo veinticinco años. Batallé por mucho tiempo contra los factores genéticos que me hicieron lo que siempre fui, contra la luz que la vida me había dado, pese a que era ése el mejor instrumento que pude haber recibido para defenderme de la frialdad de las personas que trataron de borrar mi nombre y opacar el reflejo de mis ojos. Y he tenido señales de esto. Todos nacemos con las armas que mejor calzan en nuestras manos y es habitual que empleemos esfuerzos sobrehumanos para despojarnos de ellas, tal vez sólo por el mero gusto de hacer de la vida algo más complicado y menos previsible...

Pero, cuando uno recupera lo que quiso perder, todo cambia. El aire alrededor de uno cambia; es como si el mundo pudiera darse cuenta de ello, aun cuando es tan sordo como ciego. El poder está dentro de cada pequeño cuerpo, preparado para ser eyectado bajo órdenes de progreso y fraternidad. Por eso debe ser que se siente tan placentero resurgir entre diversos períodos de tinieblas y de torpe ofuscación, manteniendo el movimiento, el ritmo del viaje hacia el ocaso que cada quien optó por perseguir. Y con semejante fortaleza, nadie puede jaquearnos.


Cada vez que despertamos, somos invencibles.