miércoles, 11 de enero de 2017

Eco

No recuerdo haber sido asaltada por la duda sobre cómo escribir algo, en especial, a pedido de alguien más. Hace poco tiempo, medido en dos meses, una mujer me instó a cerrar el año 2016 con un artículo de mi autoría y que tratara acerca de la perseverancia. Mi problema radica en que, a estas alturas, lo que yo soy capaz de decir por medio de la asistencia de la palabra escrita no lograría igualar el ritmo de lo que siento.

Doy por supuesto que gran parte de los amantes de las letras de la ficción fantasea en sus inicios con un futuro en que los frutos de su imaginación conozcan ojos de lectores.  Como habrá quedado ilustrado en mis exposiciones previas, yo me incluyo en esa mayoría, y lo que separa esas instancias tempranas de la realización final del sueño es un conjunto de meses, muchos, hilados en años, franqueados por un número de inconvenientes muy variable según la suerte con que el escritor haya nacido, en los que el proceso de construcción de los relatos tiene lugar, luego continuado por el duelo del punto final y por la incógnita de cómo seguir, cómo sortear los obstáculos casi burocráticos que aguardan en el camino de quien tomó la literatura como modo de purga para los demonios, carismáticos o no, con que se carga. En mi caso fueron trece años desde el primer día en que simplemente hice lo que pude, tomé mis notas ciegas y fui más allá, emprendí un viaje del que no sabía nada, al que me introduje como quien se extravía en una beodez sorpresiva y encuentra un edén, di aliento de vida a gente que en mi mente rogaba expresarse, descubrí la misión que se me había asignado, me propuse un objetivo por sobre todos mis proyectos y alguien decidió escucharme. Trece años. Ingeniería literaria, ejercicio permanente contra el miedo y la soledad propia del silencio, preguntas incontestadas, pedidos de ayuda, esperas, ilusiones alimentadas y perdidas, quebrarse para volver a levantarse. El reto fue ponerse de pie cada vez que la fe se descompensaba, apelando a la creatividad que forjara esperanzas nuevas, fabricando consejos o filosofías de los cuales sostenerse y defendiendo la necedad de quien avanza contra la corriente de la oscuridad porque no cuenta con más opción.

En el paralelo de un andar como éste resuenan las frases trilladas y el ánimo de quienes aseveran ver a través de las barreras de los relojes y distinguir que un pobre diablo como quien escribe logrará que unos mortales confíen en su extraña obra y que la misma sea transportada a los anaqueles de las librerías. Y entretanto, la historia continúa, los personajes crecen y reclaman, pues la dinámica del mundo que el inocente literato trae a la Tierra visible marca su compás y repugna los dilemas del Capitalismo que odia al arte.

Escribir y perseguir un sueño, cuando el sueño es en sí mismo escribir, es una tormenta escoltada por la estridencia de una sinfonía sin control. Vida, energía que fluye en símbolos humanos y a duras penas aquieta el caos de un intelecto, con el paciente eco de una súplica por multiplicar las palabras fraguadas y, así, dar sentido a la locura. Por ello, cuando la batalla ha sido suficiente y el tiempo se consume en el instante total en que una puerta se abre, incluso el rugido de una tormenta se ahoga.

No es sólo escribir y extender lo creado a otras almas; es perpetuarse y saciar los deseos de las voces: las voces de las pesadillas, de los sueños nihilistas y de los limbos sociales. Es cumplir la orden de una fuerza que no habita el mundo de las imágenes e invocar los universos que vibran en dimensiones alternativas. El escritor estira la mano para capturar a quienes lo llaman a través de los velos del cielo y convertirlos en próceres de la Humanidad. Bendito sea, entonces, quien decida acompañarlo hacia el horizonte que codicia con amor a lo elegante, lo eterno y lo complejo.

Bendito sea aquel que haga propia la verdad de que la clave de la evolución, del progreso y de la realización de las ilusiones tiene raíz en la fuerza de voluntad de uno mismo, en la tenacidad por jamás entregarse a las resistencias de los ignaros y ante el terror de los débiles. Cada amanecer es una oportunidad de probarse a uno cuántas veces se puede caer para erguir la cabeza.

Jamás debemos permanecer en el suelo. Que sea únicamente la muerte lo que ponga fin a la valentía de desafiar al dolor y a la fatiga. Que renunciar a los sueños del espíritu nunca sea una opción en la ferocidad de estas patrias del temor, pues el Paraíso existe, en todo su esplendor existe, para quienes pelean.

No hay comentarios:

Publicar un comentario