Textos de Concursos Literarios

LEJOS (2009)


Su mirada se pierde en horizontes de carbón.
Su sonrisa exalta la esperanza.
El murmullo de sus pies serpentea
Hasta rasgar el cielo.
 Harapos de guerra cobijan su inocencia.
Mejillas
Y rubor de tierra.
En lecho de escombros reposan sus sueños
Y su fe se alza en mundos venenosos.
Es un fantasma.
Es pura.
Sigue esperando un cambio
Y desde allí observa.
No crece; se queda.
Anda por una senda prohibida
Y juega con restos de voces.
Todo es eterno.
Ella sabe.
Nadie la busca.
Baila al son de los lamentos.
Los muertos la llaman.
Es prisionera.
No vuelve.






SIN VELO (2009)


Se estremece el mundo;
Los astros nacen allí.
Encandila la esencia común,
El aliento de los bizarros;
Es la morada de los sabios,
De las almas arcaicas,
Aquel par de sádicas lunas.
Es cruel, impiadosa.
Me paraliza
Y dice que debo morir.
Pues, bien, que así sea,
Ya que su mirada me atrapa.
No puedo huir.
Se escabulle hasta mi nuca,
Franquea mi rostro
Y me segrega
Como migas de debilidad.
Recita así, su magia
Y consagra el miedo ajeno.
Incertidumbre siembra.
Envidia en los opacos, germina.
Invoca espíritus ardidos
Y yo soy su esclava...
Soy toda suya.




HUMANO (2009)


En los confines de la Tierra
Un hombre está llorando.
Llueve plomo a su alrededor.
No hay leyes.
No hay perdón.
Todo perece,
Se vuelve opaco.
En sus manos no hay nada.
Sangre.
Dios ya se fue;
Quedan plegarias.
El sol es juez
Y truenan los cañones de nuevo.
Hogar, no existe.
Un hombre está solo.
No hay más que miseria,
Desnudez reveladora,
Lágrimas de fuego.
Arde la paz.
Un hombre es un niño,
Una mujer.
Anciano,
Un hermano.
Hijo,
Es hijo del polvo.
Sólo uno más.
Lo que extingue.
Lo que llora.
Sólo un hombre.




EREMITA (2010)


Esta brisa elegante debe significar algo.
Y aquí, en las manos del edén, veo los secretos de las deidades.
Qué extraño; me siento como en casa.
A despecho de esta cruel sensación a resquemor e ilusiones rotas,
Tengo un lugar en el universo.
Por eso, ahora admiro la lejanía del planeta en que reino desde la sombra,
Contemplando el vuelo rapaz de los gorriones emigrantes,
El vals aéreo de las águilas gladiadoras,
El augurio de la luz cenicienta que trae la lluvia.
Y más tarde dormiré en el regazo de un monte plagado de espinas
Y flores amoratadas, ácidas, jamás vistas,
Conciliando un sueño profundo, entonando mis últimas oraciones.
Cerraré las alas, emitiré mi suspiro de resignación,
Sellando el aroma de las estrellas que tocan la tierra,
Deslizando una mirada corrosiva
Hasta el otero de una ciudad perdida.
Y he de hacer jirones mi pasado.
Me quedaré quieta por un par de eternidades
Deleitándome en el dolor de los siglos,
Pues el paraíso está muy lejos.


AMERTUME (2010)


Te alejas de mí. Tu efigie se evapora.
Lo que queda es tu sonrisa, tu murmullo,
El brillo tierno de tus ojos
Y tu último adiós coronado por los brazos del sol.
Pero viene el terror mientras te veo partir al sitio del que no volverás
Y soy presa del infortunio, la tortura periódica,
Pues sin ti, no hay camino ni lecciones que aprender,
No hay pasión, no hay dulzura,
Nada que me haga sentir plena.
Los dueños de las nubes canturrean tu bienvenida
Y los colibríes desde aquí te aclaman rogando tu permanencia
Estiraré mi mano hasta que no sienta ya tus dedos perfumados
Ni la suavidad de tu cabello danzante al son del céfiro.
Imploraré a todas las lunas y asteroides que me permitan decirte una cosa más
Sólo para creer que pude hacer algo
Antes de morir en vida y sufrir las decisiones de Dios.
Aquí me quedaré, luego, contemplando cómo se apaga el cielo,
Cómo me pierdo en silencio y el dolor me viola.
Cómo acallo en el suplicio de estar sola para siempre,
Cómo caigo...


NADI (2010)


Los ecos de la soledad son implacables.                
El auxilio nunca arriba, nunca es respuesta.
Mi voz se extravía en las corrientes de aire sucio
Y mi himno es la acritud que destilo al andar.
No he hallado consuelo alguno
Y ahora giro en el lugar y me pregunto si a esto estoy condenada
Si es esto la inmortalidad de la congoja.
Oh, no, por favor...
El suspiro del cosmos es frío.
Los recuerdos se borran.
A mi alrededor llueve la tirria de un verdugo tenaz.
Y entonces la brisa susurra poemas extraños,
El sueño de quienes no pudieron despertar.
Cierro los ojos, así, pues me aterra esta oscuridad
Y anhelo morir para escapar del martirio,
Aunque estar muerta no es mi deseo.
Estoy atrapada y soy víctima. Soy una desamparada.
Y le grito al horizonte que me salve,
Pero nadie me oye ni me ve...
Nadie.




“LONGEVIDAD DE UN SOLO DÍA” (2009)



Un dios amarillento se asoma a lo lejos. Despierta de su sueño. Ella despierta también, aunque apresurada. Eclosiona desde su cueva de algodón, huyendo. Se mueve veloz procurando proteger su integridad. Porque, ¿qué es esa cosa tan grande? Esa mancha de luz en lo alto que quema. Ella se mueve. Acaba de empezar. No sabe cómo, pero ya aprendió a remontar vuelo. Torpe al principio, aletea desesperada. Sus alas se sienten poco útiles; son muy frágiles. Parecen de vidrio; son un vitraux naranja con corazón de oro. Son un lienzo de cristal atiborrado de plexos. En ellas hay un misterio.

La brisa fresca es un crudo mentol. Cuesta. Ella desfallece y busca un sitio donde posarse de nuevo. Elige la cumbre de un poste de madera barnizada. Resbala un tanto a causa del rocío que lo cubre. Ella bosteza, mas no se la oye. Nadie habla todavía; están todos durmiendo o muy ocupados. Y qué curioso, piensa, que aquel dios amarillento despierte también a los pájaros. “Qué osado”, opina. Con sus brazos etéreos parece que pinta el césped y levanta esporas de miel. Delicioso. ¿Cómo se llamará ese disco color oro? Es una maravilla, aunque mejor, no molestarlo. Ella respira, pero parece que no lo hace. El imperceptible sonido de las hojas acariciadas por el suspiro del cielo es poesía. Ella está encandilada. Pasan pocos minutos mientras ella contempla. Se le escapan largos años de vida.

Multitudes abren los ojos asimismo. Ella las ve a la distancia. ¿Qué son? Son una marea de colores… ¿Un manto de arco iris…? De las mismas emanan perfumes que se mezclan arbitrariamente. Tienen diferentes formas. Flores. ¡Flores! Qué regocijo. Ella va a toda marcha, elegante, no obstante, con ese movimiento excitado de sus alas finas. Está hambrienta. Los aromas la guían. Y la luz del dios amarillo no la perturba; ella no lo permite. Se apura. No quiere perder ese banquete. Hace sus esfuerzos y comienza a aterrizar, suavemente sobre pétalos multicolores. Está embelesada con la fragancia del néctar fresco. No quiere irse muy pronto. Saborea esos núcleos dorados y bebe de su esencia. Lentamente la asimila, deleitándose en cada porción. Su hambre natural desaparece de inmediato y ella se siente liviana. Estira las alas con modorra y brinca entre las hojas de las flores. Qué bueno es vivir.

Algunos pájaros gordos chiflan y cantan en las copas de los árboles, allí arriba, cerca del gran dios amarillo que alumbra con más fuerza a cada instante. Insectos trabajan por ahí. Obreras negras caminan y caminan con cargamentos en sus espaldas, pero son más pequeñas que ella, así que no dan miedo. El cielo se vuelve más celeste con el correr del tiempo. Y, ¿qué pasa? Sonidos extraños son evocados al aire. ¿Son de esas gigantescas criaturas? Debe ser. Esos bichos grandes que no tienen pelo. Unos son más altos que otros, aunque no dejan de ser temibles. ¡Ahí viene uno! Lo adornan trapos de matices casi tan alegres como las flores. Trae en su mano un artefacto indescriptible. Cada pisada que da, resuena como terremotos. Mejor, ella se va. Aletea aprisa pero con cuidado en dirección a un arbusto frío y trata de esconderse entre las ramitas. La gran bestia sin pelo aguarda por allí… Pero, ¿qué está haciendo? Juega con insectos, mas ésos no parecen estar jugando con él. ¿Están sufriendo? No, no puede ser. No puede ser que en un día tan hermoso alguien haga sufrir a los demás. Por las dudas, ella se queda. Se queda un rato, en que su vida avanza vertiginosamente.

¡Si será espléndido! ¡Hay familias viviendo entre esos arbustos! Tantos entes distintos... La saludan. Ella sonríe, aunque no se nota en su rostro azabache. Armada de valor por el carisma ajeno, se mueve con sigilo a través de ese país de ramas y hojas. Cruza hasta el otro lado y se arroja a un nuevo espacio. Hay un universo en cada explanada de césped. Esta vez hay basura desperdigada por el suelo verde, mas es una basura bonita. Es de colores y está limpia. Diferentes formas y tonalidades brillantes. Parecen piezas de una gran arquitectura. Otra criatura sin pelo las maneja. Es un poco torpe. No habla. Balbucea en un idioma excéntrico. Pero es tierno… Rollizo y suave a la vista. Seguro que no hace daño. Ella viaja hasta él y lo observa de cerca. La criatura no acusa recibo, y sigue jugando con sus piezas. ¿Es tonta, que se los lleva a la boca y los mordisquea? Posteriormente la ve. Ve a esa dama de alas delgadas e intenta tocarla. Ella retrocede. Cuidado, que no la toque. El otro no se mueve como de costumbre. Es como si se arrastrara. Se arrastra, o algo así, y la sigue mientras ella se escapa. Huye, pues no hay que tocarla. Qué extraño. ¡Cuántas cosas! Es muy arriesgado. Ella regresa por donde vino. Al arbusto otra vez. Cruza. Se halla nuevamente en la planicie donde había despertado. Por suerte el otro ente sin pelo ya no está. Se anima y se recuesta en una estructura de mármol, una tabla. Una mesa. Busca un amigo para jugar. Sería genial que fuera como ella. Mira. Mira alrededor. Mira. Por allí hay algo… Se ve difuso aún. Cuando se acerque, ella le hablará. Espera. Espera la llegada de esa cosa… Ah, lo cubre un pelaje. Pelaje oscuro… Viene emitiendo un sonido escalofriante, sin embargo. ¿Qué es? No puede ser peor que los Sin Pelo. Pero, ¡qué ojos! Son divinos, casi tan bellos como toda ella. Aunque, tiene dientes. La verdad es que eso no se ve muy bien. Ella no lo anticipa, y la criatura salta a la mesa. Se espanta y se retrae. El animal de pelaje oscuro se le encima. ¡Como amigo, mejor no! Angustiada, aletea. Aletea sin parar. El animal bruno la quiere tocar. Le quiere dar un manotazo. Tiene uñas como navajas. Rápido, rápido, lucha por salvarse y encontrar un nuevo descanso. Por suerte puede volar. El enemigo peludo le dice algo, mas ella no lo entiende. Debe haber dicho alguna injuria.

Qué travesía. Y eso que ella no había provocado a nadie. Opta ahora por descansar en el cielo de una casa. Un cielo rojo y de material áspero. Ahí se siente con fuerza el aliento del dios amarillo, quien reina en lo más alto del mundo. Muchos más pájaros cantan ahora. Es una sinfonía al aire libre. Celestial. Pero, ¿hambre de nuevo? En busca, una vez más, de un buen cóctel de flores. Sin embargo, hay un competidor. Un ave elegante. Está bañada en verde tornasolado y azul. Tiene una lanza en la boca y sus alas son potentes. Se mueven tan rápido, que no se ven. Es una histérica. O, ¿es que tiene prisa? Bebe del mismo néctar que quiere ella. Revisa cada flor antes de darle un sorbo. Ella es tímida. Se acerca con mesura, sin molestar. Sólo quiere un poco de la esencia de las flores. Despacio. Pero el ave nerviosa la choca. Puede ser que no haya sido adrede, pero la aturdió. Aterrada, acobardada, la dama se corre del manto de flores y espera que la otra se vaya.

Sus alas no resisten eso. Debe ser más recelosa. En cuanto puede, sube hasta la cima de las plantas. Toma un trago, finalmente, del polen humedecido.

Es probable que no halle amigos. Busca un lugar más fresco donde reconfortarse. Elige el hogar abandonado de un pájaro hornero. Ahí, pasan los minutos y las horas y ella, sin saberlo, envejece. Pero quiere saber más del mundo, por lo que aguarda y se va luego de un rato. Aunque, el dios amarillo no está. ¿Se fue a dormir? El cielo es oscuro ahora, pero aún es temprano. Debe ser temprano. Ella avanza. Explora. ¿Qué ha pasado? Los Sin Pelo están inquietos. Los pájaros y los insectos también. Todos vuelven a sus guaridas. ¿Viene otro dios? Nadie le explica. Hay un aroma extraño en el aire. Es como a tierra, pero tierra fría. Entonces, un rugido a lo lejos. A lo lejos, arriba, en el cielo. ¡Hay una manta gris! Es casi una gran sombra. Ella duda. Centellea algo más sobre ese ropón. Y, ¿ahora? ¿Por qué llora el cielo? ¡Llora mucho! ¿Alguien lo hirió? Duele. Esas lágrimas son pesadas. Debe proteger sus alas. Pero las tocan. Es tarde. Sus alas son pesadas. Pierden en un parpadeo la ligereza con que fueron hechas. La angustia la hace presa. No sabe dónde está su hogar. Pierde el sentido. Las flores no se sienten. No hay nadie. ¿El nido de hornero? Una imagen difusa es a la distancia. Ella llora también. No puede sola. No. Lucha como puede. Vuela adolorida. Grita. Su voz es muda. Como puede, alcanza el nido. La casa de barro, que no parece muy firme ahora. Ella entra. Respira agitada. No ve más. Es ciega. Sus alas mojadas caen a los lados de su cuerpo delgado. Sueña. Sueña con lo que aún quiere aprender. Quiere ver más flores. Quiere un amigo que vuele. Quiere saber. Se apaga. Suspira. Trata de llamar al dios amarillo, pero no está. Llora con fuerza el cielo afuera. Está sola. Canta una sonata de buenas noches. Canta despacio. Más despacio… Suspira. Parpadea. Quiere que el dios amarillo la despierte. Aún no es hora de dormir. Sólo ha pasado un día. Intenta. Quiere estar despierta. Le encanta estar viva. El día termina. Suspira. Se apaga. Quiere otro día. Quiere otro, pues éste, acaba de terminar.



2 comentarios:

  1. Felicitaciones Carmen, son textos con un contenido hermoso.

    Arley Castro Castillo

    ResponderEliminar
  2. Gracias, Arley. Y esto es material ya antiguo para mí.

    Saludos cordiales,
    Carmen

    ResponderEliminar